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En
Comunión con los Laicos

31.
La comunión experimentada entre los consagrados lleva a la apertura más
grande todavía con los otros miembros de la Iglesia. El mandamiento de amarse
los unos a los otros, ejercitado en el interior de la comunidad, pide ser
trasladado del plano personal al de las diferentes realidades eclesiales. Sólo
en una eclesiología integral, donde las diversas vocaciones son acogidas en el
interior del único Pueblo de convocados, la vocación a la vida consagrada
puede encontrar su específica identidad de signo y de testimonio. Hoy se
descubre cada vez más el hecho de que los carismas de los fundadores y de las
fundadoras, habiendo surgido para el bien de todos, deben ser de nuevo puestos
en el centro de la misma Iglesia, abiertos a la comunión y a la participación
de todos los miembros del Pueblo de Dios.
En esta línea podemos constatar que ya se está estableciendo un nuevo tipo de
comunión y de colaboración en el interior de las diversas vocaciones y estados
de vida, sobre todo entre consagrados y laicos. [1]
Los Institutos monásticos y contemplativos pueden ofrecer a los laicos una
relación preferentemente espiritual y los necesarios espacios de silencio y
oración. Los Institutos comprometidos en la dimensión apostólica pueden
implicarlos en formas de cooperación pastoral. Los miembros de los Institutos
seculares, laicos o clérigos, entran en contacto con los otros fieles en las
formas ordinarias de la vida cotidiana.
La novedad de estos años es sobre todo la petición por parte de algunos laicos
de participar en los ideales carismáticos de los Institutos. Han nacido
iniciativas interesantes y nuevas formas institucionales de asociación a los
Institutos. Estamos asistiendo a un auténtico florecer de antiguas
instituciones, como son las Órdenes seculares u Órdenes Terceras, y al
nacimiento de nuevas asociaciones laicales y movimientos en torno a las Familias
religiosas y a los Institutos seculares. Si, a veces también en el pasado
reciente, la colaboración venía en términos de suplencia por la carencia de
personas consagradas necesarias para el desarrollo de las actividades, ahora
nace por la exigencia de compartir las responsabilidades no sólo en la gestión
de las obras del Instituto, sino sobre todo en la aspiración de vivir aspectos
y momentos específicos de la espiritualidad y de la misión del Instituto. Se
pide, por tanto, una adecuada formación de los consagrados así como de los
laicos para una recíproca y enriquecedora colaboración.
Si en otros tiempos han sido sobre todo los religiosos y las religiosas los que
han creado, alimentado espiritualmente y dirigido uniones de laicos, hoy, gracias a una siempre mayor formación del laicado, puede ser una ayuda recíproca
que favorezca la comprensión de la especificidad y de la belleza de cada uno de
los estados de vida. La comunión y la reciprocidad en la Iglesia no son nunca
en sentido único. En este nuevo clima de comunión eclesial los sacerdotes, los
religiosos y los laicos, lejos de ignorarse mutuamente o de organizarse sólo en
vista de actividades comunes, pueden encontrar la relación justa de comunión y
una renovada experiencia de fraternidad evangélica y de mutua emulación carismática,
en una complementariedad siempre respetuosa de la diversidad.
Una semejante dinámica eclesial redundará en beneficio de la misma renovación
y de la identidad de la vida consagrada. Cuando se profundiza la comprensión
del carisma, siempre se descubren nuevas posibilidades de actuación.
Caminar
desde Cristo:
un
renovado compromiso de la vida consagrada en el tercer milenio
Congregación
para los institutos de vida consagrada
y las sociedades de vida apostólica -2002
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