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El
Dogma de La
Inmaculada
Frederick
G. Holweck Enciclopedia
Católica
DOCTRINA
En la Constitución Ineffabilis Deus de 8 de Diciembre de 1854, Pío
IX pronunció y definió que la Santísima
Virgen María “en el primer instante de su concepción, por
singular privilegio y gracia concedidos por Dios, en vista de los méritos de
Jesucristo,
el Salvador del linaje humano, fue preservada de toda mancha de pecado
original”. “La
Santísima Virgen María...” El sujeto de esta inmunidad
del pecado
original es la persona de María
en el momento de la creación de su alma y su infusión en el cuerpo. “... en el primer instante de su concepción...” El
término concepción no significa la concepción activa o generativa
por parte de sus padres. Su cuerpo fue formado en el seno de la madre, y el
padre tuvo la participación habitual en su formación. La cuestión no
concierne a lo inmaculado de la actividad generativa de sus padres. Ni
concierne tampoco absoluta y simplemente a la concepción pasiva (conceptio
seminis carnis, inchoata), la cual, según el orden de la naturaleza,
precede a la infusión del alma racional. La persona es verdaderamente
concebida cuando el alma es creada e infundida en el cuerpo. María
fue preservada de toda mancha de pecado original en el primer momento de su
animación, y la gracia santificante le fue dada antes que el pecado pudiese
hacer efecto en su alma. “... fue preservada de toda mancha de pecado original...” La
esencia formal activa del pecado original no fue removida de su alma como es removida
de otros por el bautismo; fue excluida, nunca fue simultánea con la
exclusión del pecado. El estado de santidad original, inocencia y justicia,
como opuesto al pecado original, fue conferido sobre ella, por cuyo don cada
mancha y falta, todas las emociones, pasiones y debilidades depravadas,
esencialmente pertenecientes a su alma por el pecado original, fueron
excluidas. Mas no fue eximida de las penas temporales de Adán
– el dolor, las enfermedades corporales y la muerte. “... por un singular privilegio y gracia concedidos por Dios, en vista
de los méritos de Jesucristo, el Salvador del linaje humano”. La
inmunidad del pecado original fue dada a María
por una singular exención de una ley universal por los mismos méritos de
Cristo, mientras los demás hombres son limpiados del pecado por el bautismo.
María
necesitó la redención del Salvador para obtener esta exención y ser
liberada de la necesidad y de la deuda (debitum) universal del estar
sujeto al pecado original. La persona de María,
por su origen de Adán,
habría sido sujeto de pecado, pero, siendo la nueva Eva quien sería la
madre del nuevo Adán, fue, por el eterno designio de Dios y por los méritos
de Cristo, apartada de la ley general del pecado original. Su redención fue
la verdadera obra maestra de la sabiduría redentora de Cristo. Es un
redentor mayor quien paga la deuda en que no incurrió que quien paga después
que ha caído en la deuda. Este es el significado del término “Inmaculada Concepción”.
Génesis
3:15 No es posible extraer de la Escritura pruebas directas o categoriales ni
estrictas. Pero el primer pasaje escriturístico que contiene la promesa de
la redención menciona también a la Madre del Redentor. La sentencia contra
los primeros padres fue acompañada del Evangelio Primitivo (Proto-evangelium),
que pone enemistad entre la serpiente y la mujer: “y Yo pondré enemistad
entre ti y la mujer y su estirpe; ella (él) aplastará tu cabeza cuando tú
aceches para morderle su talón” (Génesis 3:15). La traducción “ella”
de la Vulgata es interpretativa; tiene su origen después del siglo IV, y no
puede ser defendida críticamente. La consecuencia de la estirpe de la mujer,
que aplastará la cabeza de la serpiente, es Cristo; la mujer es María.
Dios puso enemistad entre ella y Satán en el mismo modo y medida que hay
enemistad entre Cristo y la estirpe de la serpiente. Que María
fuese exaltada en el estado de su alma, es decir, en gracia santificante,
significa la destrucción de la serpiente por el hombre. Sólo la continua
unión de María
con la gracia explica suficientemente la enemistad entre ella y Satán. El
Protoevangelium, por lo tanto, contiene en el texto original una promesa
directa del Redentor. Y en unión con la manifestación de la obra maestra de
Su Redención, la perfecta preservación de Su virginal Madre del pecado
original. Lucas
1:28 El saludo del ángel
Gabriel – chaire kecharitomene, Salve, llena de gracia
(Lucas 1:28) indica una única abundancia de gracia, un sobrenatural,
agradable a Dios estado del alma, que encuentra explicación sólo en la
Inmaculada Concepción de María. Pero el término kecharitomene
(llena de gracia) sirve sólo como una ilustración, no como una prueba del
dogma. Otros
textos Desde los textos Proverbios 8 y Eclesiástico 24 (que exaltan la Sabiduría
de Dios y que en la liturgia son aplicados a María, la más bella obra de la
Sabiduría de Dios), o desde el Cantar de los Cantares (4:7, “Eres toda
hermosa, amada mía, y no tienes ningún defecto”) no se debe inducir una
conclusión teológica. Estos pasajes, aplicados a la Madre de Dios, pueden
ser entendidos por quienes conocen el privilegio de María, pero no sirven
para probar dogmáticamente la doctrina y, por lo tanto, son omitidos por la
Constitución “Ineffabilis Deus”. Para el teólogo es materia de
conciencia no adoptar una posición extrema para aplicar a una criatura
textos que pueden denotar prerrogativas de Dios.
Respecto de la impecabilidad de María, los antiguos Padres son muy cautelosos: algunos de ellos parecen haber cometido algún error en esta materia. ·
Orígenes,
aunque atribuyó a María altas prerrogativas espirituales, dice sin embargo
que en el momento de la pasión de Cristo, la espada de la incredulidad
atravesó el alma de María; que fue golpeada por el puñal de la duda; y que
Cristo también murió por sus pecados (Orígenes, “In Luc. Hom. XVII). ·
Del mismo modo San
Basilio escribe en el siglo IV: él vio en la espada, de que habló Simeón,
la duda que atravesó el alma de María (Epístola 259). ·
San Juan Crisóstomo
la acusó de ambición y de ponerse indebidamente a sí misma delante cuando
habló de Jesús en Cafarnaúm (Mateo 12:46; Crisóstomo, Hom. xliv; cf.
También “In Matt.”, hom. IV). Pero estas opiniones privadas dispersas sirven meramente para mostrar
que la teología es una ciencia progresiva. Si tuviéramos que hacer caso de
cuatro opiniones de toda la doctrina de los Padres sobre la santidad de la
Santísima Virgen, las cuales incluyen particularmente la experiencia implícita
de su inmaculada concepción, nos veríamos obligados a transcribir una
multitud de pasajes. En el testimonio de los Padres hay que insistir en dos
puntos sobre todo: su absoluta pureza y su posición como segunda Eva (cf. 1
Cor 15:22). María
como segunda Eva
Esta celebrada comparación entre Eva, por algún tiempo inmaculada e
incorrupta – es decir, no sujeta al pecado original - y la Santísima
Virgen es desarrollado por: ·
Justino
(Dialog. cum Tryphone, 100), ·
Ireneo
(Contra Haereses, III, xxii, 4), ·
Tertuliano
(De carne Christi, xvii), ·
Julio Firmico
Materno (De errore profan.
relig., xxvi), ·
Cirilo de Jerusalén
(Catecheses, xii, 29), ·
Epifanio
(Haeres., ixxviii, 18), ·
Teodoto de Ancyra
(Or. in S. Deip., n. 11), y ·
Sedulio
(Carmen paschale, II, 28). La
absoluta pureza de María
Los escritos patrísticos sobre la pureza de María abundan. ·
sin ninguna mancha (San
Proclo, “Laudatio in S. Dei Gen. Ort.”, I, 3); ·
fue creada en una
condición más sublime y gloriosa que cualquier otra criatura (Teodoro de
Jerusalén en Los Padres llaman a María el tabernáculo exento de
profanación y de corrupción (Hipólito, “Ontt. in illud, Dominus pascit
me”); ·
Orígenes
la llama digna de Dios, inmaculada del inmaculado, la más completa santidad,
perfecta justicia, ni engañada por la persuasión de la serpiente, ni
infectada con su venenoso aliento (“Hom. i in diversa”); ·
Ambrosio
dice que es incorrupta, una virgen inmune por la gracia de toda mancha de
pecado (“Sermo” XXII in Ps. CXVIII); ·
Máximo de Turín
la llama morada preparada para Cristo, no a causa del hábito del cuerpo,
sino de la gracia original (“Nom. VIII de Natali Domini”); ·
Teodoto de Ancyra
la llamó virgen inocente, sin mancha, libre de culpabilidad, santa en el
cuerpo y en el alma, un lirio primaveral entre espinas, incontaminada del mal
de Eva ni se dio en ella comunión de luz con tinieblas, y, desde el momento
en que nació, fue consagrada por Dios (“Orat. in S. Dei Genitr.”). ·
Refutando a Pelagio, San
Agustín declara que todos los justos han conocido verdaderamente el
pecado “excepto la Santa Virgen María, de quien, por el honor del Señor,
yo no pondría en cuestión nada en lo que concierne al pecado” (De natura
et gratia 36). ·
María fue prenda de
Cristo (Pedro Crisólogo, “Sermo CXI de Annunt. B. M. V.”); ·
es evidente y notorio
que fue pura desde la eternidad, exenta de todo defecto (Typicon S.
Sabae); ·
fue formada sin ninguna
mancha (San Proclo, ‘Laudatio in S. Dei Gen. Ort.’, I,
3); ·
fue creada en una
condición más sublime y gloriosa que cualquier otra criatura (Teodoro de
Jerusalén en Mansi, XII, 1140); ·
cuando la Virgen Madre
de Dios nació de Ana, la naturaleza desafió anticipadamente el germen de
gracia, pero quedó sin fruto (Juan Damasceno, “Hom.
I
in B. V. Nativ.”, II). ·
Los Padres
sirios nunca se cansaron de ensalzar la impecabilidad de María. San Efrén
no consideró excesivos algunos términos de elogio para describir la
excelencia de la gracia y santidad de María: “La Santísima Señora, Madre
de Dios, la única pura en alma y cuerpo, la única que excede toda perfección
de pureza, única morada de todas las gracias del más Santo Espíritu, y,
por tanto, excediendo toda comparación incluso con las virtudes angélicas
en pureza y santidad de alma y cuerpo... mi Señora santísima, purísima,
sin corrupción, inviolada, prenda inmaculada de Aquel que se revistió con
luz y prenda... flor inmarcesible, púrpura tejida por Dios, la solamente
inmaculada” (“Precationes ad Deiparam”, in Opp.
Graec.
Lat., III, 524-37). ·
Para San Efrén
fue tan inocente como Eva antes de la caída, una virgen alejada de toda
mancha de pecado, más santa que los serafines, sello del Espíritu Santo,
semilla pura de Dios, por siempre intacta y sin mancha en cuerpo y en espíritu
(“Carmina Nisibena”). ·
Santiago de Sarug
dijo que “el mismo hecho de que Dios la eligió prueba que nadie fue nunca
tan santa como María; si alguna mancha hubiese desfigurado su alma, si
alguna otra virgen hubiese sido más pura y más santa, Dios la habría
elegido y rechazado a María”. Parece, por lo tanto, que si Santiago de
Sarug hubiese tenido idea clara de la doctrina del pecado, habría sostenido
que fue perfectamente pura de pecado original (“la sentencia contra Adán y
Eva”) en la Anunciación. San Juan Damasceno (Or. I Nativ. Deip., n. 2) considera que la
influencia sobrenatural de Dios en la generación de María ha de ser
extendida también a sus padres. Dice de ellos que durante la generación,
fueron colmados y purificados por el Espíritu Santo y librados de la
concupiscencia sexual. En consecuencia, según Damasceno, desde siempre el
elemento humano de su origen, el material del cual fue formada, fue puro y
santo. Esta opinión de una generación activa inmaculada y de santidad de la
“conceptio carnis” fue censurada por algunos autores occidentales; fue
argumentada por Pedro Comestor en su tratado contra San Bernardo y otros.
Algunos escritores enseñaron que María nació de una virgen y que fue
concebida de un modo milagroso cuando Joaquín y Ana se encontraron en la
puerta dorada del templo (Trombelli, “Mari SS. Vita”, Sect. V, II; Summa aurea, II, 948. Cf. también las “Revelaciones” de Catalina Emmerich que contienen
la leyenda apócrifa de la milagrosa concepción de María). En este sumario aparece que la creencia en la inmunidad de María frente
al pecado en su concepción prevaleció entre los Padres, especialmente en
los de la Iglesia Griega. El carácter retórico, por lo tanto, de muchos de
estos y similares pasajes nos previene de tendencias demasiado forzadas y de
interpretaciones en un sentido estrictamente literal. Los Padres Griegos
nunca discutieron formal o explícitamente la cuestión de la Inmaculada
Concepción. La
Concepción de San Juan el Bautista
Una comparación entre la concepción de Cristo y la de San Juan puede
servir para iluminar el dogma y las razones por las que los griegos celebran
desde antiguo la Fiesta de la Concepción de María. ·
La concepción de la
Madre de Dios fue mucho más allá en comparación que la de San Juan
Bautista, mientras que estuvo inconmensurablemente por debajo de la de su
Divino Hijo. ·
El alma del precursor
no fue preservada de mancha en su unión con el cuerpo, sino que fue
santificada o inmediatamente después de la concepción de un estado de
pecado previo o por la presencia de Jesús en la Visitación. ·
Nuestro Señor, siendo
concebido por el Espíritu Santo, fue, en virtud de su concepción milagrosa,
liberado ipso facto de la mancha del pecado original. La Iglesia celebra fiestas de estas tres concepciones. Los Orientales
tienen una Fiesta de la Concepción de San Juan el Bautista (23 de
Septiembre), que se remonta al siglo IV, más antigua que la Fiesta de la
Concepción de María, y, durante la Edad Media, fue celebrada también en
varias diócesis de Occidente el 24 de Septiembre. La Concepción de María
es celebrada por los Latinos el 8 de Diciembre; por los Orientales el 9 de
Diciembre; la Concepción de Cristo tiene su fiesta en el calendario
universal el 25 de Marzo. Celebrando la fiesta de la Concepción de María
desde antiguo, los Griegos no consideran la distinción teológica de las
concepciones activa y pasiva, que era desconocida por ellos. No consideran
absurdo celebrar una concepción que no fuese inmaculada, como vemos en la
Fiesta de la Concepción de San Juan. Ellos solemnizan la Concepción de María
acaso porque, de acuerdo con el “Proto-evangelium” de Santiago, estuvo
precedida de un acontecimiento milagroso (la aparición de un ángel a Joaquín,
etc.), similar a aquel que precedió a la concepción de San Juan y a la del
mismo Señor. Su objetivo era menos la pureza de la concepción cuanto la
santidad y celestial misión de la persona concebida. En el Oficio del 9 de
Diciembre, sin embargo, María, desde el momento de su concepción, es
llamada bendita, pura, santa, fiel, etc., términos nunca usados en el Oficio
del 23 de Septiembre (sc. de San Juan el Bautista). La analogía de la
santificación de San Juan el Bautista ha dado realce a la fiesta de la
Concepción de María. Si era necesario que el precursor del Señor fuese
puro y “lleno del Espíritu Santo” desde el seno de su madre, tal pureza
era no menos conveniente para Su Madre. El momento de la santificación de
San Juan es, según los últimos escritores, a través de la Visitación
(“el niño saltó en su seno”), pero las palabras del ángel (Lucas 1:15)
parecen indicar una santificación en la concepción. Esto haría el origen
de María similar al de Juan. Y si la Concepción de Juan fue fiesta, ¿por
qué no la de María? Prueba
de la Razón
Hay una incongruencia en la suposición de que la carne, a partir de la
cual la carne del Hijo de Dios fue formada, pertenecía a la de quien fue
esclavo del antiguo enemigo, cuyo poder Él vino a destruir en la tierra. De
ahí el axioma del Pseudo - Anselmo (Eadmer) desarrollado por Duns Escoto, Decuit,
potuit, ergo fecit, convenía que la Madre del Redentor estuviese
libre del poder del pecado desde el primer momento de su existencia; Dios podía
darle este privilegio, luego se lo dio. De nuevo se remarca que un peculiar
privilegio fue concedido al profeta Jeremías y a San Juan el Bautista. Ellos
fueron santificados en el seno de sus madres, porque por su predicación tenían
una especial participación en el trabajo de preparar el camino de Cristo.
Consiguientemente, la más alta prerrogativa es debida a María. (Un tratado
del P. Marchant, reclamando también para San José el privilegio de San
Juan, fue colocado en el Índice en 1833). Escoto dijo que “el perfecto
Mediador debía, en todo caso, hacer el trabajo de mediación más perfecto,
excepto en el caso de que fuese una persona menor, en cuya mirada la ira de
Dios fuese prevenida y no meramente apaciguada”.
La antigua fiesta de la Concepción de María (Conc. de Santa Ana), que
tuvo su origen en los monasterios de Palestina como muy pronto en el siglo
VII, y la moderna fiesta de la Inmaculada Concepción no son idénticas en
sus objetivos. Originariamente la Iglesia celebró sólo la Fiesta de la
Concepción de María, manteniendo la Fiesta de la concepción de San Juan,
sin discusión sobre la impecabilidad. Esta fiesta se convirtió en el curso
de los siglos en la Fiesta de la Inmaculada Concepción, aportando
argumentación dogmática sobre ideas precisas y correctas, así como ganaron
fuerza las tesis de las escuelas teológicas sobre la preservación de María
de toda mancha de pecado original. Después el dogma ha sido universalmente
aceptado en la Iglesia Latina y ha ganado autoridad sostenido por los
decretos diocesanos y decisiones papales. El término antiguo continuó, y
antes de 1854 el término “Inmaculada Conceptio” no se encuentra en
ninguna parte, excepto en el Invitatorio del Oficio Votivo de la Concepción.
Griegos, sirios, etc. hablan de la Concepción de Santa Ana (Eullepsis tes
hagias kai theoprometoros Annas, “la Concepción de Santa Ana, la
antepasada de Dios”). Passaglia en su “De Inmaculato Deiparae Conceptu”
fundamenta esta opinión en el “Typicon” de San Sabas: el cual fue
compuesto sustancialmente en el siglo V, creencia que refiere que la fiesta
forma parte del auténtico original, y que consecuentemente fue celebrada en
le Patriarcado de Jerusalén en el siglo V (III, n. 1604). Pero el Typicon
fue interpolado en el Damasceno, Sofronio y otros, y desde el siglo IX hasta
el siglo XII fueron añadidas muchas fiestas y oficios nuevos. Para
determinar el origen de esta fiesta debemos tener en cuenta los documentos
genuinos que poseemos, el más antiguo de los cuales es el canon de la
fiesta, compuesto por San Andrés de Creta, quien escribió su himno litúrgico
en la segunda mitad del siglo VII, cuando era monje del monasterio de San
Sabas cerca de Jerusalén (… Arzobispo de Creta hacia el 720). Pero la
Solemnidad no fue generalmente aceptada en todo Oriente. Juan, primer monje y
último obispo de la Isla de Euboea, hacia el año 750, hablando en un sermón
a favor de la propagación de esta fiesta, dijo que no era todavía conocida
por todos los fieles (ei kai me para tois pasi gnorizetai; P.G., XCVI,
1499). Pero un siglo más tarde Jorge de Nicomedia, hecho metropolita por
Focio el año 860, dijo que la solemnidad no era de origen reciente (P.G., C,
1335). Por lo tanto, se puede afirmar con seguridad que la fiesta de la
Concepción de Santa Ana aparece en el Oriente no antes de finales del siglo
VII o principios del VIII. Otro caso parecido es la fiesta que tuvo su origen en las comunidades
monásticas. Los monjes, que concertaron la salmodia y compusieron varias
piezas poéticas para el oficio, eligieron también la fecha del 9 de
Diciembre, que fue siempre mantenida en el calendario Oriental. Gradualmente
la solemnidad emergió del claustro, entró en las catedrales, fue
glorificada por los predicadores y poetas, y eventualmente fue fijada fiesta
en el calendario, aprobada por la Iglesia y el Estado. Está registrada en el
calendario de Basilio II (976-1025) y en la Constitución el Emperador Manuel
I Comneno en los días del año parcial o totalmente festivos, promulgada en
1166, contada entre los días de descanso. Hasta el tiempo de Basilio II, la
Baja Italia, Sicilia y Cerdeña estuvieron bajo el Imperio Bizantino; la
ciudad de Nápoles estuvo en poder de los griegos hasta que Roger II la
conquistó en 1127. Consiguientemente, la influencia de Constantinopla fue
fuerte en la Iglesia Napolitana, y, a comienzos del siglo IX, la Fiesta de la
Concepción fue sin duda celebrada allí, como en cualquier otro lugar de la
Baja Italia el 9 de Diciembre, tal como aparece en el calendario de mármol
fundado en 1742 en la Iglesia de San Jorge el Mayor de Nápoles. Hoy la
Concepción de Santa Ana es una fiesta menor del año en la Iglesia Griega.
El rezo de Maitines contiene alusiones al apócrifo “Proto-evangelium” de
Santiago, que data de la segunda mitad del siglo II (ver SANTA ANA).
Para la Ortodoxia Griega actual, sin embargo, la fiesta significa
verdaderamente poco: continúan llamándola “Concepción de Santa Ana”,
indicando inintencionadamente, quizá, la concepción activa que, cierto, no
fue inmaculada. En la Menaea del 9 de Diciembre esta fiesta ocupa sólo un
segundo plano, el primer canon es cantado en conmemoración de la dedicación
de la Iglesia de la Resurrección en Constantinopla. El hagiógrafo ruso
Muraview y varios autores ortodoxos levantaron su voz contra el dogma después
de su promulgación, aunque sus propios predicadores enseñaron
fundamentalmente la Inmaculada Concepción en sus escritos antes de la
definición de 1854. En la Iglesia Occidental la fiesta aparece (8 de Diciembre) cuando en el
Oriente su desarrollo se había detenido. El tímido comienzo de la nueva
fiesta en algunos monasterios anglosajones en el siglo XI, en parte ahogada
por la conquista de los normandos, vino seguido de su recepción en algunos
cabildos y diócesis del clero anglo-normando. Pero el intento de
introducirla oficialmente provocó contradicción y discusión teórica en
relación con su legitimidad y su significado, que continuó por siglos y no
se fijó definitivamente antes de 1854. El “Martirologio de Tallaght”
compilado hacia el año 790 y el “Feilire” de San Aengus (800) registran
la Concepción de María el 3 de Mayo. Es dudoso, sin embargo, que una fiesta
actual correspondiese a esta rúbrica en la enseñanza del monje San Aengus.
Ciertamente, esta fiesta irlandesa se encuentra sola y fuera de la línea del
desarrollo litúrgico. Aparece aislada, no como un germen vivo. Los escolásticos
añaden, en los restringidos márgenes del “Feilire”, que la concepción
(Inceptio) cae en Febrero, y que María nació después del séptimo mes
–una singular noción que se encuentra también en algunos autores griegos.
El definitivo y fiable conocimiento de la fiesta en Occidente vino desde
Inglaterra; se encuentra en el calendario de Old Minster, Winchester
(Conceptio Sancta Dei Genitricis Maria), datado hacia el año 1030, y en otro
calendario de New Minster, Winchester, escrito entre 1035 y 1056; un
pontifical de Exeter del siglo XI (datado entre 1046 y 1072) contiene una
“benedictio in Conceptione S. Mariae”; una bendición similar se
encuentra en un pontifical de Canterbury escrito probablemente en la primera
mitad del siglo XI, ciertamente antes de la Conquista. Estas bendiciones
episcopales muestran que la fiesta no se encomendaba sólo a la devoción de
los individuos, sino que era reconocida por la autoridad y observada por los
monjes sajones con considerable solemnidad. La evidencia muestra que el
establecimiento de la fiesta en Inglaterra fue debido a los monjes de
Winchester antes que a la Conquista (1066). Los normandos, desde su llegada a Inglaterra, trataron de un modo
despreciativo las observancias litúrgicas inglesas; para ellos esta fiesta
aparecía específicamente inglesa, un producto de la simplicidad e
ignorancia insular. Sin duda alguna, la celebración pública fue abolida en
Winchester y Canterbury, pero no murió en el corazón de los individuos, y
en la primera oportunidad favorable restauraron la fiesta en los monasterios.
En Canterbury, sin embargo, no fue restablecida antes de 1328. Numerosos
documentos expresan que en tiempo de los normandos comenzó en Ramsey, siendo
concedido a Helsin o Aethelsige, Abad de Ramsey, al regreso de su viaje a
Dinamarca, adonde fue enviado por Guillermo I hacia el año 1070. Un ángel
se le apareció durante una fuerte galera y salvó el barco después de que
el abad prometiese establecer la Fiesta de la Concepción en su monasterio.
No obstante considerar el carácter sobrenatural de la leyenda, debemos
admitir que el envío de Helsin a Dinamarca es un hecho histórico. La
explicación de la visión se encuentra en varios breviarios, incluso en el
Breviario Romano de 1473. El Concilio de Canterbury (1325) atribuye el
restablecimiento de la fiesta a San Anselmo, Arzobispo de Canterbury
(… 1109). Pero aunque este gran doctor escribió un tratado especial “De
Conceptu virginali et originali peccato”, en el que deja de lado los
principios de la Inmaculada Concepción, es cierto que no pudo introducir la
fiesta de ninguna manera. La carta que le es atribuida, y que contiene la
carta de Helsin, es espuria. El principal propagador de la fiesta después de
la Conquista fue Anselmo, el sobrino de San Anselmo. Educado en Canterbury,
hubo de tener conocimiento de todo esto por algún monje sajón que recordaría
la solemnidad en tiempos anteriores; después de 1109 él fue por algún
tiempo abad de San Sabas en Roma, donde el Oficio Divino era celebrado según
el calendario griego. Cuando en 1121 fue nombrado Abad de San Edmundo de Bury
estableció allí la fiesta; en cierto modo, al menos por sus esfuerzos,
otros monasterios también la adoptaron, como Roading, St. Albans, Worcester,
Cloucester y Winchcombe. Pero como la observancia de algunos decreció hasta límites inauditos y
absurdos, la antigua fiesta oriental fue desconocida por ellos. Dos obispos,
Roger de Salisbury y Bernard St. David, manifestaron que la festividad fue
prohibida por un concilio y que la observancia debía ser frenada. Y cuando,
estando la sede de Londres vacante, Osbert de Clare, Prior de Westminster,
intentó introducir la fiesta en Westminster (8 de Diciembre de 1127), un
grupo de monjes arremetió contra él en el coro y dijo que la fiesta no debía
ser guardada porque no había autoridad de Roma para su establecimiento (cf.
Carta de Osbert a Anselmo en Bishop, p. 24). Entonces la cuestión fue
llevada ante el Concilio de Londres de 1129. El sínodo decidió a favor de
la fiesta, y el Obispo Gilbert de Londres la adoptó en su diócesis. Después
se extendió en Inglaterra, pero por un tiempo tuvo carácter privado, por lo
cual el sínodo de Oxford (1222) rechazó elevarla al rango de fiesta de
precepto. En Normandía, en tiempos del obispo Rotric (1165-83), la Concepción
de María fue fiesta de precepto con igual dignidad que la Anunciación en la
Arquidiócesis de Rouen y en seis diócesis sufragáneas. Al mismo tiempo,
los estudiantes normandos de la Universidad de París la eligieron como
fiesta patronal. Debido a la cercanía de Normandía con Inglaterra, pudo ser
importada desde este último país a Normandía, o los varones normandos y el
clero pudo traerla de sus guerras en la Baja Italia, donde era universalmente
celebrada con solemnidad por los habitantes griegos. Durante la Edad Media la
Fiesta de la Concepción de María fue comúnmente llamada la “Fiesta de la
nación normanda”, lo cual manifiesta que era celebrada en Normandía con
gran esplendor y que se extendió por toda la Europa Occidental. Passaglia
sostiene (III, 1755) que la fiesta era celebrada en España en el siglo VII.
El obispo Ullathorne encontró igualmente esta opinión razonable (p. 161).
Si esto es verdad, es difícil entender por qué desapareció completamente
en España más tarde, ya que no la contienen ni la genuina liturgia mozárabe
ni el calendario de Toledo del siglo X editado por Morin. Las dos pruebas que
da Passaglia son fútiles: la vida de San Isidoro, falsamente atribuida a San
Ildefonso, la cual menciona la fiesta, es interpolada, mientras que la
expresión “Conceptio S. Mariae” del Código Visigótico se refiere a la
Anunciación.
No encontramos controversia sobre la Inmaculada Concepción en el
continente europeo antes del siglo XII. El clero normando abolió la fiesta
en algunos monasterios de Inglaterra donde había sido establecida por los
monjes anglosajones. Pero hacia fines del siglo XI, a través de los
esfuerzos de Anselmo el Joven, fue retomada en numerosos establecimientos
anglo-normandos. Que San Anselmo el Viejo restableciese la fiesta en
Inglaterra es altamente improbable, aunque no fuese nueva para él. Estaba
familiarizado con esto bien por los monjes sajones de Canterbury, bien por
los griegos con quienes entró en contacto durante el exilio en Campania y
Apulin (1098-9). El tratado “De Conceptu virginali” que usualmente le es
atribuido, fue compuesto por su amigo y discípulo el monje sajón Eadmer de Canterbury.
Cuando los cánones de la catedral de Lyon, que no dudo conoció Anselmo el
Joven, Abad de San Edmundo de Bury, al introducir personalmente la fiesta en
su coro después de la muerte de su obispo en 1240, San Bernardo consideró
su obligación protestar públicamente contra esta nueva forma de honrar a
María. Él dirigió contra los cánones una vehemente carta (Epist. 174), en
la que les reprobaba haberse arrogado tal autoridad sin haber consultado
antes a la Santa Sede. Desconociendo que la fiesta había sido celebrada en
la rica tradición de las Iglesias griega y siria respecto de la
impecabilidad de María, afirmó que la fiesta era extraña a la antigua
tradición de la Iglesia. Es evidente, sin embargo, por el tenor de su
lenguaje que él pensó sólo en la concepción activa o en la formación de
la carne, y que la distinción entre la concepción activa, la formación del
cuerpo y la animación del alma había sido ya inducida. Indudablemente,
cuando la fiesta fue introducida en Inglaterra y Normandía, el axioma
“decuit, potuit, ergo fecit”, la piedad pueril y el entusiasmo de los semplices,
construidas sobre revelaciones y leyendas apócrifas, primaban. El objeto de
la fiesta no fue determinado claramente, no siendo puestas en evidencia sus
razones positivas teológicas. San Bernardo se sinceró completamente cuando pidió encarecidamente las
razones para observar la fiesta. No advirtiendo la posibilidad de santificación
en el momento de la infusión del alma, escribió que sólo se puede hablar
de santificación después de la concepción, la cual haría santo el
nacimiento, no la concepción misma (Scheeben, “Dogmatik”, III, p. 550).
De ahí que Alberto Magno observe: “Decimos que la Santísima Virgen no fue
santificada antes de la animación, y la afirmación contraria a ésta es
condenada como herejía por San Bernardo en su carta sobre los cánones de
Lyon” (III Sent., dist. iii, p. i, ad. 1, Q. i). San Bernardo fue
respondido enseguida en un tratado escrito o por Ricardo de San Víctor o por
Pedro Comestor. En este tratado se apela al hecho de que existe una fiesta
que ha sido establecida para conmemorar una tradición insostenible. Mantiene
que la carne de María no necesitaba purificación; que fue santificada antes
de la concepción. Algunos escritores de aquel tiempo sostenían la idea fantástica
de que antes de la caída de Adán, una porción de su carne fue reservada
por Dios y transmitida de generación en generación, y que de esta carne fue
formado el cuerpo de María (Scheeben, op. cit., III, 551), y que esta
formación se conmemoraba con una fiesta. La carta de San Bernardo no previó
la extensión de esta fiesta. En 1154 era observada en toda Francia, hasta
1275, que fue abolida en París y en otras diócesis por los esfuerzos de la
Universidad de París. Después de la muerte de los santos la controversia
retornó entre Nicolás de St. Alban, un monje inglés que defendió el
establecimiento de la festividad en Inglaterra, y Pedro Cellense, el
celebrado obispo de Chartres. Nicolás señalaba que el alma de María
fue atravesado dos veces por la espada, i. e., al pie de la cruz y cuando San
Bernardo escribió la carta contra su fiesta (Scheeben, III, 551). El debate
continuó durante los siglos XIII y XIV, e ilustres nombres se alinearon en
uno y otro bando. San Pedro Damián, Pedro Lombardo, Alejandro de Hales, San
Buenaventura y Alberto Magno son citados en oposición. Santo Tomás se
pronunció primero a favor de la doctrina en su tratado sobre las
“Sentencias” (en I Sent. c. 44, q. 1 ad 3); sin embargo, en su Summa
Theologica llegó a la conclusión opuesta. Muchas discusiones han surgido ya
sea a favor de Santo Tomás o no negando que la Santísima Virgen fuese
inmaculada desde el instante de su animación, y han sido escritos libros
para negar que él llegase a esa conclusión. No obstante, es difícil decir
que Santo
Tomás no considerase por un instante al menos la animación
posterior de María
y su santificación anterior. Esta gran dificultad surge por la duda de cómo
podría haber sido redimida si no pecó. Dicha dificultad la manifiesta al
menos en diez pasajes de sus escritos (ver Summa III:27:2, ad 2). Pero aunque
Santo
Tomás retuviese esto como esencial a su doctrina, él mismo
suministró los principios que, después de ser considerados en conjunto y en
relación con estos trabajos, suscitaron otros pensamientos que contribuyeron
a la solución de esta dificultad desde sus propias premisas. En el siglo XIII la oposición fue en gran parte debida a que se quería
clarificar el sujeto en disputa. La palabra “concepción” era usada en
sentidos diferentes, los cuales no habían sido separados de la definición.
Si Santo Tomás, San Buenaventura y otros teólogos hubieran conocido el
sentido de la definición de 1854, la habrían defendido con firmeza de sus
oponentes. Podemos formular la cuestión discutida por ellos en dos
proposiciones, ambas en contra del sentido del dogma de 1854: la santificación de María
tuvo lugar antes de la infusión del alma en la carne, de modo que la
inmunidad del alma fuese consecuencia de la santificación de la carne y no
había riesgo por parte del alma de contraer el pecado original. Esto se
aproximaría a la opinión del Damasceno respecto de la santidad de la
concepción activa. La santificación tuvo lugar después de la infusión del alma para
redención de la servidumbre del pecado, que el alma arrastró de su unión
con la carne no santificada. Esta formulación de la tesis excluye una
concepción inmaculada. Los teólogos olvidaron que entre santificación antes de la
infusión y santificación después de la infusión había un término
medio: santificación del alma en el momento de la infusión.
Parecían ajenos a la idea según la cual lo que era subsiguiente en el orden
de la naturaleza podía ser simultáneo en un punto del tiempo.
Especulativamente considerado, el alma sería creada antes que pudiese ser
infundida y santificada, pero en la realidad el alma es creada y santificada
en el mismo momento de la infusión en el cuerpo. Su principal dificultad era
la declaración de San
Pablo (Romanos 5:12) de que todos los hombres han pecado en Adán. La propuesta de esta
declaración paulina, sin embargo, insiste en la necesidad que todos los
hombres tienen de la redención de Cristo. Nuestra Señora no fue una excepción
a esta regla. Una segunda dificultad era el silencio de los primeros Padres.
Pero los teólogos de aquel tiempo no se distinguieron tanto por su
conocimiento de los Padres o de la historia, sino por su ejercicio del poder
del razonamiento. Leyeron a los Padres Occidentales más que a los de la
Iglesia Oriental, quienes expusieron con mayor completez la tradición de la
Inmaculada Concepción. Y algunos trabajos de los Padres que habrían sido
perdidos de vista fueron traídos a la luz. El famoso Duns Escoto (… 1308)
dejó (en III Sent., dist. iii, en ambos comentarios) los fundamentos de la
verdadera doctrina tan sólidamente establecidos y disipadas las dudas en
forma tan satisfactoria que en adelante la doctrina prevaleció. Él mostró
que la santificación después de la animación –sanctificatio post
animationem— requería que se llevase a cabo en el orden de la
naturaleza (naturae) no del tiempo (tempis); él resolvió la
gran dificultad de Santo Tomás mostrando que lejos de ser excluida de la
redención, la Santísima Virgen obtuvo de su Divino Hijo la más grande de
las redenciones a través del misterio de su preservación de todo pecado. Él
introdujo también, por la vía de la ilustración, el peligroso y dudoso
argumento de Eadmer
(San Anselmo) “decuit, potuit, ergo fecit”. Desde el tiempo de Escoto la doctrina no sólo llegó a ser opinión común
en las universidades, sino que la fiesta se expandió a lo largo de aquellos
países donde no había sido previamente adoptada. Con excepción de los
dominicos, todas o casi todas las órdenes religiosas la asumieron: los
franciscanos en el Capítulo General de Pisa en 1263 adoptaron la Fiesta de
la Concepción de María en toda la Orden; esto, sin embargo, no significa
que profesasen en este tiempo la doctrina de la Inmaculada Concepción.
Siguiendo las huellas de Duns Escoto, sus discípulos Pedro Aureolo y
Francisco de Mayrone fueron los más fervientes defensores de la doctrina,
aunque sus antiguos maestros (San Buenaventura incluido) se hubiesen opuesto
a ella. La controversia continuó, pero los defensores de la opinión opuesta
fueron la mayoría de ellos miembros de la Orden Dominicana. En 1439 la
disputa fue llevada ante el Concilio de Basilea, donde la Universidad de París,
anteriormente opuesta a la doctrina, demostrando ser su más ardiente
defensora, pidió una definición dogmática. Los dos ponentes en el concilio
fueron Juan de Segovia y Juan Torquemada. Después de haber sido discutida
por espacio de dos años antes de la asamblea, los obispos declararon la
Inmaculada Concepción como una pía doctrina, concorde con el culto Católico,
con la fe Católica, con el derecho racional y con la Sagrada Escritura; de
ahora en adelante, dijeron, no estaba permitido predicar o declarar algo en
contra (Mansi, XXXIX, 182). Los Padres del Concilio decían que la Iglesia de
Roma estaba celebrando la fiesta. Esto es verdad sólo en cierto sentido. Se
guardaba en algunas iglesias de Roma, especialmente en las de las órdenes
religiosas, pero no fue adoptada en el calendario oficial. Como el concilio
en aquel tiempo no era ecuménico, no pudo pronunciarse con autoridad. El
memorandum del dominico Torquemada sirvió de armadura para todo ataque a la
doctrina hecho por San Antonio de Florencia (… 1459) y por los dominicos
Bandelli y Spina. Por un Decreto de 28 de Febrero de 1476, Sixto IV adoptó por fin la
fiesta para toda la Iglesia Latina y otorgó una indulgencia a todos cuantos
asistieran a los Oficios Divinos de la solemnidad (Denzinger, 734). El Oficio
adoptado por Sixto IV fue compuesto por Bernardo de Nogarolis, mientras que
los franciscanos emplearon desde 1480 un bellísimo Oficio salido de la pluma
de Bernardino de Busti (Sicut Lilium), que fue concedido también a
otros (e. g. en España, 1761), y fue cantado por los franciscanos hasta la
segunda mitad del siglo XIX. Como el reconocimiento público de la fiesta por
Sixto IV no calmó suficientemente el conflicto, publicó en 1483 una
constitución en la que penaba con la excomunión a todo aquel cuya opinión
fuese acusada de herejía (Grave nimis, 4 de Septiembre de 1483;
Denzinger, 735). En 1546 el Concilio de Trento, cuando la cuestión fue
abordada, declaró que “no fue intención de este Santo Sínodo incluir en
un decreto lo concerniente al pecado original de la Santísima e Inmaculada
Virgen María Madre de Dios” (Sess. V, De peccato originali, v, en
Denzinger, 792). Como quiera que este decreto no definió la doctrina, los teólogos
opositores del misterio, aunque reducidos en número, no se rindieron. San Pío
V no sólo condenó la proposición 73 de Bayo según la cual “no otro sino
Cristo fue sin pecado original y que, además, la Santísima
Virgen murió a causa del pecado contraído en Adán, y sufrió
aflicciones en esta vida, como el resto de los justos, como castigo del
pecado actual y original” (Denzinger, 1073), sino que también publicó una
constitución en la que negaba toda discusión pública del sujeto.
Finalmente insertó un nuevo y simplificado Oficio de la Concepción en los
libros litúrgicos (“Super speculum”, Dic. De 1570; “Superni
omnipotentis”, Marzo de 1571; “Bullarium Marianum”, pp. 72, 75). Mientras duraron estas disputas, las grandes universidades y la mayor
parte de las grandes órdenes se convirtieron en baluartes de la defensa del
dogma. En 1497 la Universidad de París decretó que en adelante no fuese
admitido como miembro de la universidad quien no jurase que haría cuanto
pudiese para defender y mantener la Inmaculada Concepción de María.
Toulouse siguió el ejemplo; en Italia, Bolonia y Nápoles; en el Imperio
Alemán, Colonia, Maine y Viena; en Bélgica, Lovaina; en Inglaterra, antes
de la Reforma, Oxford y Cambridge; en España, Salamanca, Toledo, Sevilla y
Valencia; en Portugal, Coimbra y Evora; en América, México y Lima. Los
Frailes Menores confirmaron en 1621 la elección de la Madre Inmaculada como
patrona de la orden, y se comprometieron bajo juramento a enseñar el
misterio en público y en privado. Los dominicos, sin embargo, se vieron en
la especial obligación de seguir las doctrinas de Santo Tomás, y las
conclusiones comunes de Santo Tomás eran opuestas a la Inmaculada Concepción.
Los dominicos, por tanto, afirmaron que la doctrina era un error contra la fe
(Juan de Montesano, 1373); aunque adoptaron la fiesta, hablaban
persistentemente de “Sanctificatio B. M. V.”, no de “Conceptio”,
hasta que en 1622 Gregorio V abolió el término “sanctificatio”. Pablo V
(1617) decretó que no debería enseñarse públicamente que María fue
concebida en pecado original, y Gregorio V (1622) impuso absoluto silencio (in
scriptis et sermonibus etiam privatis) sobre los adversarios de la
doctrina hasta que la Santa Sede definiese la cuestión. Para poner fin a
toda ulterior cavilación, Alejandro VI promulgó el 8 de Diciembre de 1661
la famosa constitución “Sollicitudo omnium Ecclesiarum”, definiendo el
verdadero sentido de la palabra conceptio, y prohibiendo toda ulterior
discusión contra el común y piadoso sentimiento de la Iglesia. Declaró que
la inmunidad de María del pecado original en el primer momento de la creación
de su alma y su infusión en el cuerpo eran objeto de fe (Denzinger, 1100). Aceptación
Universal Explícita
Desde el tiempo de Alejandro VII hasta antes de la definición final, no
hubo dudas por parte de los teólogos de que el privilegio estaba entre las
verdades reveladas por Dios. Finalmente Pío IX, rodeado por una espléndida
multitud de cardenales y obispos, promulgó el dogma el 8 de Diciembre de
1854. Fue prescrito un nuevo Oficio para todo la Iglesia Latina por Pío IX
(25 de Diciembre de 1863), por el cual decretó que todos los demás Oficios
en uso fueran abolidos, incluido el antiguo Oficio Sicut lilium de los
franciscanos y el oficio compuesto por Passaglia (aprobado el 2 de Febrero de
1849). En 1904 fue celebrado con gran esplendor el jubileo dorado de la
definición del dogma (Pío X, Enc., 2 de Febrero de 1904). Clemente IX había
añadido a la fiesta una octava para las diócesis que se encontraban dentro
de las posesiones temporales del Papa (1667). Inocencio XII (1693) la elevó
al rango de segunda clase con una octava para la Iglesia Universal, cuya
categoría fue concedida en 1664 para España, en 1665 para Toscana y Saboya,
en 1667 para la Sociedad de Jesús, los Eremitas de San Agustín, etc.
Clemente IX decretó el 6 de Diciembre de 1708 que la fiesta debería ser de
obligación para toda la Iglesia. Por último, León XIII, el 30 de Noviembre
de 1879, la elevó a fiesta de primera clase con vigilia, dignidad que había
sido concedida antes a Sicilia (1739), España (1760) y Estados Unidos
(1847). Un oficio votivo de la Concepción de María, que es recitado en la
actualidad en la mayor parte de la Iglesia Latina los sábados, fue concedido
primeramente a las monjas benedictinas de Santa Ana en Roma en 1603, a los
franciscanos en 1609, a los Conventuales en 1612, etc. Las Iglesias Siria y
Caldea celebran esta fiesta con los griegos el 9 de Diciembre; en Armenia es
una de las pocas fiestas inamovibles del año (9 de Diciembre); los cismáticos
etíopes y coptos la guardan el 7 de Agosto, mientras celebran la Natividad
de María el 1º de Mayo; los católicos coptos, sin embargo, han transferido
la fiesta al 10 de Diciembre (Natividad, 10 de Septiembre). Las Iglesias
Orientales cambiaron de nombre la fiesta desde 1854 en concordancia con el
dogma de la “Inmaculada Concepción de la Virgen María”. La Arquidiócesis de Palermo celebra solemnemente la Conmemoración de la Inmaculada Concepción el 1º de Septiembre para dar gracias por la preservación de la ciudad con ocasión del terremoto del 1º de Septiembre de 1726. Una conmemoración similar es celebrada el 14 de Enero en Catania (terremoto, 11 de Enero de 1693); y los Padres Oblatos el 17 de Febrero, porque su regla fue aprobada el 17 de Febrero de 1826. Entre el 20 de Septiembre de 1839 y el 7 de Mayo de 1847 el privilegio de añadir a la Letanía de Loreto la invocación “Reina concebida sin pecado original” fue concedido a 300 diócesis y comunidades religiosas. La Inmaculada Concepción fue declarada el 8 de Septiembre de 1760 como principal patrona de todas las posesiones de la corona de España, incluidas las de América. El decreto del primer Concilio de Baltimore (1846), eligiendo a María en su Inmaculada Concepción Patrona principal de los Estados Unidos, fue confirmado el 7 de Febrero de 1847.
Traducido por el Padre José Demetrio Jiménez, OSA The Catholic Encyclopedia, Volume I http://www.enciclopediacatolica.com/i/inmaconcepcion.htm
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