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Eadmero
de Cantorbery

En
los siglos XVI y XVII, el entusiasmo popular por el privilegio ya es inmenso.
En España, el pueblo cantaba:
Todo
el mundo en general
A voces, ¡oh Reina escogida!,
Diga que sois concebida
Sin pecado original.
Pero
el pueblo no se limitaba a afirmar la existencia del privilegio. Se había
asimilado bien el argumento que esbozó, por vez primera, Eadmero
(1055-ca. 1124), el compañero, amigo, secretario y biógrafo de San Anselmo
de Canterbury:
"Pudo,
convino, luego lo hizo"
potuit
plane et voluit; si igitur voluit, fecit
(Tractatus
de conceptione B. Marie Virginis 10: PL 159, 305).
Eadmero
es el primer teólogo occidental que defiende el
dogma inmaculista hacia el año 1128.
Y
cantaba el pueblo con fervor:
Quiso y no pudo, no es Dios;
Pudo y no quiso; no es hijo:
Digan, pues, que pudo y quiso.
La
asimilación de este argumento por el pueblo se explica fácilmente, ya que
prescindiendo de matizaciones técnicas, expresa la gran intuición del
sentido de la fe del pueblo: Dios no pudo permitir que su Madre
estuviera manchada en ningún instante de su existencia.
Fue
este argumento que ya campaba en el sentir popular, que Juan
Duns
Escoto desarrolla más tarde en el siglo XIII

El
querido discípulo de San Anselmo, monje benedictino de Cantorbery, escribió
un tratado en defensa de la Inmaculada Concepción, atribuido durante un
largo tiempo a su maestro. Entonces la cuestión estaba muy tensa en
Inglaterra. Por una parte, la intuición de la fe descubría que María había
sido preservada del pecado de una manera mucho más perfecta que cualquier
santo. Pero, por otra parte, ya que la misma María, como toda criatura
humana para ser liberada del pecado original, tenía necesidad de la redención
realizada por su Hijo, se dudaba en afirmar su Concepción Inmaculada. Se
dudaba sobre todo porque, bajo la influencia de San Agustín, se tenía una
idea muy material del pecado original, más o menos identificado con la
concupiscencia, y se creía que todo acto carnal tenía algo de desorganizado
que arrastraba una tara para el niño concebido. Se tendía a pensar que la
hija de Ana y de Joaquín había contraído el pecado original, pero que, por
un privilegio especial, Dios la había purificado desde el seno de su madre.
La cuestión era especialmente debatida en Inglaterra, en donde una fiesta de
la Concepción de María, originaria de la Italia bizantina -¡siempre el
Oriente!- y celebrada luego en Irlanda desde el siglo IX o X, se había
introducido antes del año 1030. Se perdió un poco después de la invasión
normanda y tomó de nuevo una gran difusión al comienzo del siglo XII.
San Anselmo había mostrado en su obra ¿Por qué Dios se hizo hombre? que
María podía ser purificada por una aplicación anticipada de los méritos
de Cristo; pero no parece haber profesado personalmente la creencia de la
Inmaculada Concepción. Su discípulo Eadmero, muerto en el año 1124, es el
principal defensor de este dogma. Muy conscientemente, él forma parte de las
almas sencillas, y combate contra los doctos que, a todo lo largo de esta
historia, ponen límite a la piedad común. Razona a fortiori a partir de la
santificación de Jeremías y de San Juan Bautista, pero sobre todo ve el
privilegio de la Inmaculada Concepción como una exigencia del plan de
salvación, para darle a María el lugar al cual fue predestinada desde toda
la eternidad:
LA REINA UNIVERSAL PUEDE Y DEBE SER INMACULADA
Considerad una castaña. Cuando brota en el árbol, su envoltura está
totalmente erizada y recubierta de una corteza de espinas. Pero en el
interior germina la castaña, en primer lugar bajo la forma de un líquido
lechoso que no tiene nada de áspero, ni hay en ello nada de lo nocivo de las
espinas, ni se resiente de ninguna manera de lo que le rodea. En este medio
muy dulce en que está conservada, cuidada, alimentada, es donde se
desarrolla según su naturaleza y su especie, donde llega por fin a la edad
adulta, que es cuando rompe su corteza, y sale madura sin tomar nada de las
asperezas y la fealdad de su envoltura. Ved, si Dios da a la castaña el ser
concebida, alimentada, y formada bajo las espinas, pero al abrigo de ellas,
¿no ha podido permitir a un cuerpo humano, del cual El quería hacerse un
templo para habitar allí corporalmente, del cual El debía llegar a ser
hombre perfecto, en la unidad de su persona divina, no ha podido, digo, dar a
este cuerpo, aunque concebido entre las espinas de los pecados, el estar
completamente preservado de ellos? El lo ha podido ciertamente. Si pues lo ha
querido, lo ha hecho.
Cierto, todo lo más honorable que Dios ha querido siempre para alguien
distinto de El, es sin duda alguna para Vos para quien lo ha querido, oh Vos,
bienaventurada entre todas las mujeres. Pues El ha querido hacer de Vos su
Madre, y porque lo ha querido lo ha hecho. ¿Qué digo? El ha hecho de Vos su
Madre, El el Creador, el Maestro y el Soberano de todas las cosas; El, el
Autor y el Señor de todos los seres no sólo inteligibles, sino de los que
sobrepasan toda inteligencia. El os ha hecho, oh Señora nuestra, su Madre única,
y por ello os ha constituido al mismo tiempo en la Maestra y la Dueña del
universo. Habéis llegado a ser la Soberana y la Reina de los cielos, de la
tierra y de los mares, de todos los elementos y de todo lo que contienen, y
para ser todo esto El os formó por obra del Espíritu Santo en el seno de
vuestra madre desde el primer instante en que fuisteis concebida. Esto es así,
oh Señora, y nos regocijamos de que así sea. Oh dulcísima María, Vos a
quien tanta grandeza está reservada, Vos destinada a llegar a ser la Madre
única del soberano Bien, la Reina prudente y noble, después de vuestro
Hijo, de todos los seres pasados, presentes y futuros, ¿Vos habéis tenido
un origen que se debe colocar al nivel o por debajo de alguna de las
criaturas sobre las cuales, lo sabemos con certeza, ejercéis vuestro
imperio?
El apóstol de la verdad al que vuestro Hijo, desde el cielo donde reina
ahora, ha llamado «vaso de elección», afirma que «todos los hombres han
pecado en Adán» . Esto es una verdad cierta que yo confieso, y que no está
permitido negar. Pero considerando la eminencia de la gracia divina en Vos,
oh María, yo sé que Vos estáis situada no entre las criaturas, sino, a
excepción de vuestro Hijo, por encima de todo lo que ha sido hecho. De donde
concluyo que, en vuestra Concepción, no habéis sido encadenada por la misma
ley connatural a los demás hombres, sino que habéis quedado completamente
exenta de todo pecado, y esto por una virtud singular y una operación divina
impenetrable a la inteligencia humana. Sólo el pecado alejaba al hombre de
la paz de Dios Para borrar este pecado y volver a llevar al género humano a
la paz divina, el Hijo de Dios quiso hacerse hombre, pero de forma que en El
no se encontrara nada de lo que desunía al hombre de su Dios. Por este
decreto convenía que la Madre de donde este Hombre sería creado fuera pura
de todo pecado. Sin ello, ¿cómo realizar de una forma tan perfecta la unión
de la carne con la pureza suprema? y ¿cómo en la Encarnación el hombre y
Dios serían uno hasta el punto de que todo lo que es de Dios fuera del
hombre, y que todo lo que es del hombre fuera de Dios?
Eadmero roza, de alguna forma, el empleo de un principio dudoso, del cual se
hará en las doctrinas marianas, sobre todo al fin de la Edad Media y desde
el siglo XVII, un uso intemperante. Tiene un poco el aire de decir: Dios
quiere honrar a su Madre; la Inmaculada Concepción es un privilegio
honorable para Ella; pues Dios, ciertamente, se lo ha concedido. Este
optimismo a priori no tiene sentido. No había privilegios que la imaginación
no dotara a María desde el momento en que pareciesen honorables. No es
suficiente que una proposición nos seduzca para que pensemos que ha sido
realizada. Es necesario que la revelación dé lugar a pensar que la
proposición es real. lo que hace Eadmero es mostrar que es muy probable que
Dios haya querido la Inmaculada Concepción, pues es muy conveniente.
Fuente:
http://www.encuentra.com/includes/documento.php?IdDoc=1431&IdSec=249
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