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FULGENS
CORONA
Carta
Encíclica de PÍO
XII
8
septiembre 1953
A
los venerables hermanos Patriarcas, Primados, Arzobispos, Obispos y demás
Ordinarios de lugar en paz y comunión con la Sede Apostólica. Se
decreta la celebración del Año Mariano en todo el mundo con
motivo del I Centenario de la definición del dogma de la Inmaculada
Concepción de la Santísima Virgen María.
Venerables
hermanos, salud y bendición apostólica.
La
definición de hace cien años
1.
La refulgente corona de gloria con que el Señor ciñó la frente purísima
de la Virgen Madre de Dios parécenos verla resplandecer con mayor brillo
al recordar el día en que, hace cien años, nuestro predecesor, de feliz
memoria, Pío IX, rodeado de imponente número de cardenales y obispos,
con autoridad infalible declaró, proclamó y definió solemnemente que
«ha sido revelada por Dios y, por lo tanto, debe ser creída con fe
firma y constante por todos los fieles la doctrina que sostiene que la
Santísima Virgen Maria, desde el primer instante de su concepción, por
singular gracia y privilegio de Dios Todopoderoso, fue preservada inmune
de cualquier mancha del pecado original, en vista de los méritos de
Cristo Jesús, Salvador del género humano».
2.
La Iglesia católica entera recibió con alborozo la sentencia del Pontífice,
que desde hacía tiempo esperaba con ansia, y reavivada con esto la
devoción de los fieles hacia la Santísima Virgen, que hace florecer en
más alto grado las virtudes cristianas, adquirió nuevo vigor y asimismo
cobraron nuevo impulso los estudios con los que la dignidad y santidad de
la Madre de Dios brillaron con más grande esplendor.
Las
apariciones de Lourdes como confirmación de la Virgen santísima
3.
Y parece como si la Virgen Santísima hubiera querido confirmar de una
manera prodigiosa el dictamen que el Vicario de su divino Hijo en la
tierra, con el aplauso de toda la Iglesia, había pronunciado. Pues no
habían pasado aún cuatro años cuando cerca de un pueblo de Francia, en
las estribaciones de los Pirineos, la Santísima Virgen, vestida de
blanco, cubierta con cándido manto y ceñida su cintura de faja azul, se
apareció con aspecto juvenil y afable en la cueva de Massabielle a una
niña inocente y sencilla, a la que, como insistiera en saber el nombre
de quien se le había dignado aparecer, ella, con una suave sonrisa y
alzando los ojos al cielo, respondió: «Yo soy la Inmaculada Concepción».
4.
Bien entendieron esto, como era natural, los fieles, que en muchedumbres
casi innumerables, acudiendo de todas las partes en piadosas
peregrinaciones a la gruta de Lourdes, reavivaron su fe, estimularon su
piedad y se esforzaron por ajustar su vida a los preceptos de Cristo, y
allí también no raras veces obtuvieron milagros que suscitaron la
admiración de todos y confirmaron la religión católica como la única
verdadera dada por Dios.
5.
Y de un modo particular lo comprendieron así también los Romanos Pontífices,
que enriquecieron con gracias espirituales y favorecieron con su
benevolencia aquel templo admirable que en pocos años había levantado
la piedad del clero y de los fieles.
La
Carta Apostólica recoge la voz de los Santos Padres y de toda la Iglesia
6.
En la citada carta apostólica, pues, en la que el mismo predecesor
nuestro estableció que este artículo de la doctrina cristiana debe ser
mantenido firme y fielmente por todos los creyentes, no hizo sino recoger
con diligencia y sancionar con su autoridad la voz de los Santos Padres y
de toda la Iglesia, que siempre se había dejado oír desde los tiempos
antiguos hasta nuestros días.
Fundamento
de la doctrina en las Sagradas Escrituras
7.
Y en primer lugar, ya en las Sagradas Escrituras aparece el fundamento de
esta doctrina, cuando Dios, creador de todas las cosas, después de la
lamentable caída de Adán, habla a la tentadora y seductora serpiente
con estas palabras, que no pocos Santos Padres y doctores, lo mismo que
muchísimos y autorizados intérpretes, aplican a la Santísima Virgen:
«Pondré enemistades entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la
suya...» (Gn
3, 15).
Pero si la Santísima Virgen María, por estar manchada en el instante de
su concepción con el pecado original, hubiera quedado privada de la
divina gracia en algún momento, en este mismo, aunque brevísimo espacio
de tiempo, no hubiera reinado entre ella y la serpiente aquella
sempiterna enemistad de que se habla desde la tradición primitiva hasta
la definición solemne de la Inmaculada Concepción, sino que más bien
hubiera habido alguna servidumbre.
8.
Además, al saludar a la misma Virgen Santísima «llena de gracia» (Lc
1, 18),
o sea «kecharistomene» y «bendita entre todas las mujeres» (ibíd.
42)
con esas palabras, tal como la tradición católica siempre las ha
entendido, se indica que «con este sincular y solemne saludo, nunca jamás
oído, se demuestra que la Virgen fue la sede de todas las gracias
divinas, adornada con todos los dones del Espíritu Santo, y más aún,
tesoro casi infinito y abismo inagotable de esos mismos dones, de tal
modo que nunca ha sido sometida a la maldición».
La
Iglesia primitiva
9.
Los Santos Padres en la Iglesia primitiva, sin que nadie lo contradijera,
enseñaron con claridad suficiente esta doctrina, afirmando que la Santísima
Virgen fue lirio entre espinas, tierra absolutamente virgen,
inmaculada, siempre bendita, libre de todo contagio del pecado, árbol
inmarcesible, fuente siempre pura, la única que es hija no de la muerte,
sino de la vida; germen no de ira, sino de gracia; pura siempre y sin
mancilla, santa y extraña a toda mancha de pecado, más hermosa que la
hermosura, más santa que la santidad, la sola santa, que, si exceptuamos
a solo Dios, fue superior a todos los demás, por naturaleza más bella,
más hermosa y más santa que los mismos querubines y serafines, más que
todos los ejércitos de los ángeles.
Deducción
lógica: Ella fue siempre limpia de todo pecado
10.
Después de meditar diligentemente como conviene estas alabanzas que se
tributan a la bienaventurada Virgen María, ¿quién se atreverá a dudar
de que aquella que es más pura que los ángeles, y que fue siempre pura
(cf. Ibídem), estuvo en todo momento, sin excluir el más mínimo
espacio de tiempo, libre de cualquier clase de pecado? Con razón San Efrén
dirige estas palabras a su divino Hijo: «En verdad que sólo tú y tu
Madre sois hermosos bajo todos los aspectos. Pues no hay en ti, Señor,
ni en tu Madre mancha alguna».
En cuyas palabras clarísimamente se ve que, entre todos los santos y
santas de esta sola mujer es posible decir que no cabe ni plantearse la
cuestión cuando se trata del pecado, de cualquier clase que éste sea, y
que, además, este singular privilegio, a nadie concedido, lo obtuvo de
Dios precisamente por haber sido elevada a la dignidad de Madre suya.
Pues esta excelsa prerrogativa, declarada y sancionada solemnemente en el
Concilio de Éfeso contra la herejía de Nestorio,
y mayor que la cual ninguna parece que pueda existir, exige plenitud de
gracia divina e inmunidad de cualquier pecado en el alma, puesto que
lleva consigo la dignidad y santidad más grandes después de la de
Cristo. Además de este sublime oficio de la Virgen, como de arcana y purísima
fuente, parecen derivar todos los privilegios y gracias que tan
excelentemente adornaron su alma y su vida. Bien dice Santo Tomás de
Aquino: «Puesto que la Santísima Virgen es Madre de Dios, del bien
infinito, que es Dios, recibe cierta dignidad infinita».
Y un ilustre escritor desarrolla y explica el mismo pensamiento con las
siguientes palabras: «La Santísima Virgen... es Madre de Dios; por esto
es tan pura y ,tan santa que no puede concebirse pureza mayor después de
la de Dios».
Razón
teológica: privilegio que Dios podía y quiso darle
11.
Por lo demás, si profundizamos la materia, y sobre todo, si consideramos
el encendido y suavísimo amor con que Dios ciertamente amó y ama a la
Madre de su unigénito Hijo, ¿cómo podremos ni aun sospechar que ella
haya estado, ni siquiera un brevísimo instante, sujeta al pecado y
privada de la divina gracia? Dios podía ciertamente, en previsión de
los méritos del Redentor, adornarla de este singularísimo privilegio;
no cabe, pues, ni pensar que no lo haya hecho. Convenía, en efecto, que
la Madre del Redentor fuese lo más digna posible de Él; mas no hubiera
sido tal si, contaminándose con la mancha de la culpa original, aunque sólo
fuera en el primer instante de su concepción, hubiera estado sujeta al
triste dominio de Satanás.
Refútase
la objeción que se mengua la Redención de Cristo
12.
Y no se puede decir que por esto se aminore la redención de Cristo, como
si ya no se extendiera a toda la descendencia de Adán, y que, por lo
mismo, se quite algo al oficio y dignidad del divino Redentor. Pues si
examinamos a fondo y con cuidado la cosa, es fácil ver
cómo
Nuestro Señor Jesucristo ha redimido verdaderamente a su divina Madre de
una manera más perfecta al preservarla Dios de toda mancha hereditaria
de pecado en previsión de los méritos de Él. Por esto, la dignidad
infinita de Cristo y la universalidad de su redención no se atenúan ni
disminuyen con esta doctrina, sino que se acrecientan de una manera
admirable.
La
devoción a la Santísima Virgen redunda en honor a Jesús
13.
Es, por lo tanto, injusta la crítica y la reprensión que también por
este motivo no pocos acatólicos y protestantes dirigen contra nuestra
devoción a la Santísima Virgen, como si nosotros quitáramos algo al
culto debido sólo a Dios y a Jesucristo, cuando, por el contrario, el
honor y veneración que tributamos a nuestra Madre celeste, redundan
enteramente y sin duda alguna en honra de su divino Hijo, no sólo porque
de Él nacen, como de su primera fuente, todas las gracias y dones, aun
los más excelsos, sino también porque «los padres son la gloria de los
hijos» (Prov
17, 6).
El
testimonio de los siglos cristianos
14.
Por esto mismo, desde los tiempos más remotos de la Iglesia esta
doctrina fue esclareciéndose cada día más y reafirmándose mayormente
ya en las enseñanzas de los sagrados pastores, ya en el alma de los
fieles. Lo atestiguan, como hemos dicho, los escritos de los Santos
Padres, los concilios y las actas de los Romanos Pontífices; dan
testimonio de ello las antiquísimas liturgias, en cuyos libros, hasta en
los más antiguos, se considera esta fiesta como una herencia transmitida
por los antepasados. Además, aun entre las comunidades todas de los
cristianos orientales, que, mucho tiempo hace, se separaron de la unidad
de la Iglesia católica, no faltaron ni faltan quienes, a pesar de estar
imbuidos de prejuicios y opiniones contrarias, han acogido esta doctrina
y cada año celebran la fiesta de la Virgen Inmaculada. No sucedería,
ciertamente, así si no hubieran admitido semejante verdad ya desde los
tiempos antiguos, es decir, desde antes de separarse del único redil.
Reafirmase
el dogma
15.
Plácenos, por lo tanto, al cumplirse los cien años desde que el Pontífice
Pío IX, de inmortal memoria, definió solemnemente este privilegio
singular de la Virgen Madre de Dios, resumir y concluir toda la cuestión
con unas palabras del mismo Pontífice, afirmando que esta doctrina ha
sido, «a juicio de los Padres, consignada en la Sagrada Escritura,
transmitida por tantos y tan serios testimonios de los mismos, expresada
y celebrada en tantos monumentos ilustres de la antigüedad veneranda y,
en fin, propuesta y confirmada por tan alto y autorizado juicio de la
Iglesia»,
que no hay en verdad para los sagrados pastores y para los fieles todos
nada «más dulce ni más grato que honrar, venerar, invocar y predicar
con fervor y afecto en todas partes a la Virgen Madre de Dios, concebida
sin pecado original».
La
estrecha relación del dogma de la Inmaculada Concepción con la Asunción
a los cielos
16.
Parécenos, además, que esta preciosísima perla con que se enriqueció
la sagrada diadema de la bienaventurada Virgen María brilla hoy con
mayor fulgor, habiéndonos tocado, por designio de la divina Providencia,
en el Año Santo de 1950, la suerte - está todavía vivo en nuestro
corazón tan grato recuerdo - de definir la Asunción de la Purísima
Madre de Dios en cuerpo y alma a los cielos, satisfaciendo con ello los
deseos del pueblo cristiano, que de manera particular habían sido
formulados cuando fue solemnemente definida su Concepción Inmaculada. En
aquella ocasión, en efecto, como ya escribimos en la carta apostólica Munificentissimus
Deus, «los corazones de los fieles fueron movidos por un más vivo
anhelo de -que también el dogma de la Asunción corporal de la Virgen a
los cielos fuera definido cuanto antes por el supremo magisterio de la
Iglesia».
17.
Parece, pues, que con esto todos los fieles pueden dirigir de una manera
más elevada y eficaz su mente y su corazón hacia el misterio mismo de
la Inmaculada Concepción de la Virgen. Pues por la estrecha relación
que hay entre estos dos dogmas, al ser solemnemente promulgada y puesta
en su debida luz la Asunción de la Virgen al cielo - que constituye como
la corona y el complemento del otro privilegio mariano,-
se ha manifestado con mayor grandeza y esplendor la sapientísima armonía
de aquel plan divino, según el cual Dios ha querido que la Virgen María
estuviera inmune de toda mancha original.
18.
Por ello, con estos dos insignes privilegios concedidos a la Virgen,
tanto el alba de su peregrinación sobre la tierra como el ocaso de su
vida se iluminaron con destellos de refulgente luz; a la perfecta
inocencia de su alma, limpia de cualquier mancha, corresponde de manera
conveniente y admirable la más amplia glorificación de su cuerpo
virginal; y Ella, lo mismo que estuvo unida a su Hijo Unigénito en la
lucha contra la serpiente infernal, así también junto con Él participó
en el glorioso triunfo sobre el pecado y sus tristes consecuencias.
Imitación
de María y devoción
19.
Es necesario que la celebración de este centenario no solamente encienda
de nuevo en todas las almas la fe católica y la devoción ferviente a la
Virgen Madre de Dios, sino que haga también que la vida de los
cristianos se conforme lo más posible a la imagen de la Virgen. De la
misma manera que todas las madres sienten suavísimo gozo cuando ven en
el rostro de sus hijos una peculiar semejanza de sus propias facciones,
así también nuestra dulcísima Madre María, cuando mira a los hijos
que junto a la cruz recibió en lugar del suyo, nada desea más y nada le
resulta más grato que el ver reproducidos los rasgos y virtudes de su
alma en sus pensamientos, en sus palabras y en sus acciones.
Inocencia
e integridad de costumbres
20.
Ahora bien, para que la piedad no sea sólo palabra huera, o una forma
falaz de religión, o un sentimiento débil y pasajero de un instante,
sino que sea sincera y eficaz, debe impulsarnos a todos y a cada uno, según
la propia condición, a conseguir la virtud. Y en primer lugar debe
incitarnos a todos a mantener una inocencia e integridad de costumbres
tal, que nos haga aborrecer y evitar cualquier mancha de pecado, aun la más
leve, ya que precisamente conmemoramos el misterio de la Santísima
Virgen, según el cual su concepción fue inmaculada e inmune de toda
mancha original.
María
repite: "haced lo que Él os diga". Cumplimiento de la voluntad
de Jesús vuelta al recto camino
21.
Parécenos que la Beatísima Virgen María, que durante toda su vida - lo
mismo en sus gozos, que tan suavemente le afectaron, como en sus
angustias y atroces dolores, por los cuales fue constituida Reina de los
mártires - nunca se apartó lo más mínimo de los preceptos y ejemplos
de su divino Hijo, nos parece, decimos, que a cada uno de nosotros repite
aquellas palabras que dijo a los que servían en las bodas de Cana, como
señalando con el dedo a Jesucristo: «Haced lo que Él os diga» (Jn
2, 5).
Esta misma exhortación, usándola, desde luego, en un sentido más
amplio, parece que nos repite hoy a todos nosotros, cuando es bien claro
que la raíz de todos los males que tan dura y fuertemente afligen a los
hombres y angustian a los pueblos y a las naciones, está principalmente
en que no pocos «han abandonado al que es la Fuente de agua viva y se
han cavado cisternas, cisternas rotas que no pueden contener las aguas» (Jer
2, 13);
han abandonado al único que es «el camino, la verdad y la vida» (Jn
14, 6).
Si, pues, se ha errado, hay que volver a la vía recta; si las tinieblas
han envuelto los montes con el error, cuanto antes han de ser eliminadas
con la luz de la Verdad; si la muerte, la que es verdadera muerte, se ha
apoderado de las almas, con ansia y con prisa, hay que acercarse de nuevo
a la vida; hablamos de esa vida celestial que no conoce el ocaso, ya que
proviene de Jesucristo, siguiendo al cual confiada y fielmente, en este
destierro mortal gozaremos con sempiterna beatitud, a una con Él, en la
eterna. Esto nos enseña, a esto nos exhorta la bienaventurada Virgen María,
dulcísima Madre nuestra, que ciertamente nos ama con genuina caridad más
que todas las madres de la tierra.
Las
consecuencias del abandono que se hace de Jesús
22.
De estas exhortaciones e invitaciones, con las cuales se amonesta a todos
para que vuelvan a Cristo y se conformen con diligencia y eficacia a sus
preceptos, están, como muy bien sabéis, venerables hermanos, muy
necesitados los hombres de hoy, ya que son muchos los que se esfuerzan
por arrancar de raíz la fe cristiana de las almas, sea con astutas y
veladas insidias, sea también con tan abierta y obstinada petulancia,
cual si hubieran de considerarse como una gloria de esta edad de progreso
y esplendor. Pero resulta evidente que, abandonada la santa religión,
rechazada la voluntad de Dios, que determina el bien y el mal, ya casi
nada valen las leyes, nada vale la autoridad pública; además, suprimida
con estas falaces doctrinas la esperanza y anhelo de los bienes
inmortales, es natural que los hombres espontáneamente apetezcan
inmoderadamente y con avidez las cosas terrenas, deseen con ansia
vehemente las cosas ajenas y, a veces, también se apoderen por la fuerza
de ellas siempre que se les presenta ocasión o posibilidad de ello. Así
nacen entre los ciudadanos los odios, las envidias, las discordias y las
rivalidades; así se originan los desórdenes de la vida privada y pública;
así poco a poco se van socavando los cimientos mismos del Estado, que
mal podrían ser sostenidos y reforzados por la autoridad de las leyes
civiles y de los gobernantes; así, finalmente, por todas partes se
deforman las costumbres con los malos espectáculos, con los libros, con
los diarios y hasta con los crímenes.
No
bastan los remedios naturales; sólo la gracia y la ley cristiana para
las dolencias del mundo de hoy
23.
No negamos, ciertamente, que puedan hacer mucho en esto los que gobiernan
los pueblos; sin embargo, la curación de tantos males hay que buscarla
en remedios más profundos, hay que llamar en auxilio una fuerza superior
a la humana, que ilustre las mentes con una luz celestial y que
llegue hasta las almas mismas, las renueve con la gracia divina y con su
influencia las haga mejores.
24.
Sólo entonces podemos esperar que florezcan en todas partes las
costumbres cristianas; que se consoliden lo más posible los verdaderos
principios en los que se fundamentan las naciones; que reine entre las
clases sociales una mutua, justa y sincera estimación de las cosas,
unida a la justicia y caridad; que se apaguen los odios, cuyas semillas
son gérmenes de nuevas miserias y que frecuentemente impulsan a los ánimos
exacerbados hasta el derramamiento de sangre humana, y que, finalmente,
mitigadas y apaciguadas las controversias que reinan entre las clases
altas y bajas de la sociedad, con justa medida se compongan los justos
derechos de ambas partes y de común acuerdo, y con el debido respeto,
convivan armoniosamente para utilidad de todos.
25.
Es evidente que sólo la ley cristiana, que la Virgen María Madre de
Dios nos anima a seguir pronta y diligentemente, puede lograr plena y
firmemente todas estas cosas, con tal de que sea puesta en práctica.
Proclamación
del Año Mariano de 1954
26.
Considerando todo esto, como es razonable, a cada uno de vosotros,
venerables hermanos, os invitamos, por medio de esta carta encíclica, a
que, según el oficio que tenéis, exhortéis al pueblo y clero a
vosotros encomendado, a celebrar el Año Mariano, que decretamos se
celebre en todo el mundo, desde el próximo mes de diciembre hasta el
mismo mes del año siguiente, con motivo del primer centenario de la
fecha en que la Virgen María Madre de Dios, con júbilo de todo el
pueblo cristiano, brilló como una nueva perla, cuando, como hemos dicho,
nuestro antecesor de inmortal memoria Pío IX, solemnemente la declaró y
proclamó totalmente limpia de la mancha original. Y confiamos plenamente
que esta celebración mariana pueda dar aquellos deseadísimos y
saludables frutos, que todos vehementemente esperamos.
27.
Para que fácilmente y con más éxito se consiga esto, deseamos que en
todas las diócesis se tengan oportunamente sermones y conferencias por
medio de las cuales este artículo de la doctrina cristiana sea conocido
amplia y claramente por las almas, para que se aumente la fe del pueblo,
se excite más cada día el amor a la Virgen Madre de Dios, y de ello
tomen todos ocasión para seguir gozosa y prontamente las huellas de
nuestra Madre celestial.
Peregrinación
y preces
28.
Y puesto que en todas las ciudades, pueblos y aldeas en que florece la
religión cristiana hay una capilla o al menos un altar en que se expone
la imagen de la Virgen a la veneración del pueblo, Nos deseamos,
venerables hermanos, que se reúnan allí sin cesar multitudes de fieles
y que no sólo en privado, sino también en público, se eleven, a una
voz y con una sola alma, preces a nuestra dulcísima Madre.
29.
Y dondequiera que - como ocurre en casi todas las diócesis - haya un
templo en el cual la Virgen Madre de Dios es venerada con especial devoción,
allí acudan en determinados días del año piadosas muchedumbres de
peregrinos con públicas y edificantes manifestaciones de la fe común y
del común amor a la Virgen Santísima.
Particularmente
a Lourdes y Roma
30.
No dudamos de que así sucederá de una manera particular en la gruta de
Lourdes, donde con tan ferviente piedad se venera la bienaventurada
Virgen María, concebida sin mancha de pecado. Preceda a todos con el
ejemplo esta Ciudad Santa, que desde los primeros tiempos del
cristianismo honra con peculiar veneración a su celeste Madre y Patrona.
Hay aquí, como todos saben, no pocas iglesias en las cuales está ella
expuesta a la piedad de los romanos, pero la principal de todas es la basílica
Liberiana, en la cual todavía descuella el mosaico puesto por nuestro
predecesor de piadosa memoria Sixto III, insigne monumento de la
maternidad divina de María Virgen; y en ella, también benignamente,
sonríe la imagen de la «Salus populi romani». Ahí, pues,
principalmente, deben acudir los fieles a rezar y ante esa sagrada imagen
todos expongan sus piadosos votos, pidiendo principalmente que esta
ciudad, que es la capital del orbe católico, sea también para todos
maestra de fe, de piedad y de santidad. A vosotros, romanos, os hablamos
con las palabras de nuestro predecesor de santa memoria León Magno: «Si
toda la Iglesia esparcida por el mundo entero debe florecer en todo género
de virtudes, vosotros debéis aventajar a los demás pueblos con los
frutos de vuestra piedad, ya que, fundados en la base misma de la piedra
apostólica, fuisteis redimidos con todos por Nuestro Señor Jesucristo,
y con preferencia a los demás fuisteis instruidos por el bienaventurado
apóstol Pedro».
Reforma
de costumbres
31.
Muchas son las cosas que en las actuales circunstancias es necesario que
encomienden todos a la tutela de la bienaventurada Virgen y a su
patrocinio y potencia suplicante. Pidan en primer lugar que cada uno
ajuste cada día más, como hemos dicho, sus costumbres a los preceptos
cristianos, con el auxilio de la divina gracia, ya que la fe sin las
obras es cosa muerta (cf.
Sant 2, 20 y 26),
y ya qué nadie puede hacer nada, como conviene, por el bien común, si
antes él mismo no es un ejemplo de virtud para los demás.
La
pureza e integridad de la juventud
32.
Pidan con insistencia que la juventud generosa y gallarda crezca pura e
íntegra y no permita que la flor lozana de su edad se inficione con el
aire de este siglo corrompido ni se aje con los vicios; que sus
desenfrenados deseos y sus impetuosos ardores sean gobernados con justa
moderación y apartándose de toda insidia no se vuelvan hacia las cosas
dañosas y deshonestas, sino que se eleven a todo lo que es bello, santo,
amable y excelso.
La
bondad y fortaleza de la edad madura
33.
Pidan todos en sus oraciones que la edad viril y madura se distinga
particularmente por su cristiana bondad y fortaleza; que el hogar doméstico
resplandezca por una fe incontaminada y florezca con una descendencia
santa y rectamente educada, que se fortalezca por la concordia y la ayuda
mutua.
La
paz interior para los ancianos
34.
Pidan, finalmente, que los ancianos gocen los frutos de una vida honesta,
de tal manera que cuando lleguen por fin al término de su carrera mortal
nada tengan que temer y no se atormenten con ningún remordimiento o
angustia de conciencia ni tengan nada de que avergonzarse, sino que se
sientan seguros porque van a recibir en breve el premio de su largo
trabajo.
Alivio
para los que padecen
35.
Pidan además en sus súplicas a la Madre de Dios pan para los
hambrientos, justicia para los oprimidos, la patria para los desterrados,
cobijo acogedor para los que carecen de casa, la libertad debida para
aquellos que han sido injustamente arrojados a la cárcel o a los campos
de concentración; el tan deseado regreso a la patria para todos aquellos
que, después de pasados tantos años desde el final de la última
guerra, todavía están prisioneros y gimen y suspiran ocultamente; para
aquellos que están ciegos en el cuerpo y en el alma, la alegría de la
refulgente luz, y que a todos los que están divididos entre sí por el
odio, la envidia y la discordia, los obtengan por sus súplicas la
caridad fraterna, la concordia de los ánimos y aquella fecunda
tranquilidad que se apoya en la verdad, la justicia y la mutua unión.
Libertad
para la Iglesia
36.
Deseamos de un modo especial, venerables hermanos, que en las fervientes
plegarias que sean elevadas a Dios durante la celebración del próximo Año
Mariano, se pida humildemente que bajo el patrocinio de la Madre del
divino Redentor y dulcísima Madre nuestra la Iglesia católica pueda por
fin gozar en todas partes de la libertad que le es debida y que siempre
hizo servir, como magníficamente enseña la historia, al bien de los
pueblos y nunca a su perjuicio, siempre al establecimiento de la
concordia entre los ciudadanos, las naciones y los pueblos y nunca a la
división de los ánimos.
Por
los perseguidos y silenciados
37.
Todos conocen las tribulaciones con que vive la Iglesia en algunas partes
y las mentiras, calumnias y usurpaciones con que es vejada; todos saben cómo
en algunas regiones los sagrados pastores están tristemente dispersos o
encerrados sin causa justa en las cárceles o de tal manera impedidos,
que les es imposible ejercer libremente, como es necesario, sus
ministerios; todos saben, finalmente, cómo en tales lugares no se pueden
tener escuelas propias, ni enseñar, defender o propagar la doctrina
cristiana por medio de la prensa, ni educar convenientemente según sus
enseñanzas a la juventud. Todas las exhortaciones que sobre este asunto
os hemos dirigido más de una vez y siempre que ha habido ocasión, de
nuevo os las repetimos con sumo interés por medio de esta carta encíclica.
Confiamos plenamente que durante todo este Año Mariano en todas partes
se eleven súplicas a la poderosísima Virgen Madre de Dios y suavísima
Madre nuestra, con las cuales se consiga de su actual y valioso
patrocinio que los sagrados derechos que competen a la Iglesia y que son
exigidos por el respeto que se debe a la civilización y a la libertad
humanas sean por todos reconocidos abierta y sinceramente, para utilidad
universal e incremento de la común concordia.
38.
Esta palabra nuestra, que nos la dicta un ardiente sentimiento de
caridad, deseamos que llegue en primer lugar a aquellos que, obligados al
silencio y rodeados de toda clase de asechanzas, contemplan con ánimo
dolorido su comunidad cristiana afligida, perturbada y privada de todo
auxilio humano. Que también estos queridísimos hermanos e hijos
nuestros, estrechamente unidos a Nos y a los demás fieles, interpongan
ante el Padre de las misericordias y Dios de toda consolación (cf.
2 Cor 1, 3)
el potentísimo patrocinio de la Virgen Madre de Dios y Madre nuestra y
le pidan la ayuda del cielo y la consolación de lo alto; y perseverando
con ánimo esforzado e inquebrantable en la fe de sus mayores, hagan suya
en esta grave situación, como distintivo de cristiana fortaleza, la
siguiente sentencia del Doctor Melifluo: «Estaremos en pie, combatiremos
hasta la muerte si fuese necesario por (la Iglesia) nuestra Madre, con
las armas de que podemos disponer: no con escudos y espadas, sino con lágrimas
y oraciones al Señor».
Con
los que viven en el cisma
39.
Y además, también a aquellos que están separados de nosotros por el
viejo cisma, a los que, por otra parte, Nos amamos con ánimo paterno,
los invitamos a unirse concordemente a estas oraciones y súplicas, ya
que sabemos muy bien que ellos sienten grandísima veneración hacia la
Santa Madre de Jesucristo y celebran su Concepción Inmaculada. Que vea
la bienaventurada Virgen María que todos los que se glorían de ser
cristianos, unidos al menos con los vínculos de la caridad, vuelven a
ella suplicantes sus ojos, sus ánimos y sus plegarias, pidiéndole
aquella luz que ilumina las mentes con la luz de lo alto y la unidad con
que finalmente se forme un solo rebaño y un solo Pastor (cf.
Jn 10, 16).
Añadanse
obras de penitencia
40.
A estas súplicas comunes añádanse piadosas obras de penitencia, pues
el amor a la oración hace «que el alma tenga valor y se pertreche para
las cosas arduas y se eleve a las divinas, y la penitencia hace que
tengamos imperio sobre nosotros mismos, especialmente sobre nuestro
cuerpo, a consecuencia de la antigua culpa, gravísimo enemigo de la razón
y de la ley evangélica. Estas virtudes, como claramente se ve, están
estrechamente unidas entre sí, se ayudan mutuamente y tienden al mismo
fin de apartar al hombre, nacido para el cielo, de las cosas caducas y de
llevarle casi a un trato celestial con Dios».
Por
la paz
41.
Y ya que todavía no ha brillado sobre las almas y sobre los pueblos una
sólida, sincera y tranquila paz, esfuércense todos por alcanzarla plena
y felizmente y consolidarla con sus piadosas súplicas, de tal manera que
así como la bienaventurada Virgen María dio a luz al Príncipe de la
Paz (cf.
Ir 9, 6),
Ella también, con su patrocinio y con su tutela, una en amigable
concordia los hombres, que solamente pueden gozar de aquella serena
prosperidad que es posible obtener en esta vida mortal cuando no están
separados entre sí por las envidias mutuas, desgarrados miserablemente
por las discordias e impelidos a luchar entre sí con amenazadores y
terribles designios, sino que, unidos fraternalmente, se dan entre sí el
ósculo de la paz, «que es tranquila libertad»,
y que bajo la guía de la justicia y con la ayuda de la caridad forma,
como conviene, de las diversas clases sociales y de las distintas
naciones y pueblos una sola y concorde familia.
Deseos
finales
42.
Quiera el divino Redentor, con la ayuda y mediación de su benignísima
Madre, hacer que se realicen con la mayor largueza y perfección posibles
todos estos ardentísimos deseos nuestros, a los que, como plenamente
confiamos, no solamente corresponderán gustosamente los deseos de
nuestros hijos, sino también los de todos aquellos que se interesan con
empeño por la civilización cristiana y el progreso de la Humanidad.
Bendición
Apostólica
43.
Mientras tanto, sea prenda de los divinos favores y testimonio de nuestro
paternal afecto la bendición apostólica que a todos y cada uno de
vosotros, venerables hermanos, y también a vuestro clero y pueblo,
gustosísimamente impartimos en el Señor.
Dado
en Roma, junto a San Pedro, el día 8 de septiembre, fiesta de la
Natividad de la bienaventurada Virgen María, del año 1953, decimoquinto
de nuestro pontificado.
PIUS
PP XII
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Bula
Ineffabilis, d. IV idus decembris, a. 1854
-
Bula
Ineffabilis
-
Ibídem,
passim
-
Carmina
Nisibeta, ed.Bickell, 123
-
Cf.
Pius XI, enc. Lux veritatis; A. S. S., vol. XXIII, p. 493 ss
-
Cf.
Summa T h., I, q. 25, a. 6 ad 4um.
-
7
Corn. a Lapide, in Math., I, 16.
-
Bula
Ineffabilis
-
Ibídem
-
A.
S. S., vol. XXXV,
p. 744
-
Serm.
III, 14; Migne, P L., LIV, 147-148
-
S.
Bern., Epist. 221, 3; Migne, E L. CLXXXII,
36, 387
-
León
XIII, encíclica Octobri mense, d. 22 sept., a. 1891;
'Acta Leonis XIII,
11, p. 312
-
14
Cic., Phil., 2, 44
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