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El Misterio de la Inmaculada transformado en Proyecto de vida
Antonio
María Artola cp Universidad de Deusto Bilbao
“Santa Beatriz de Silva dio origen en Toledo a una nueva Familia Religiosa que encuentra su raíz y su razón de ser en la Iglesia en la contemplación del misterio de la Inmaculada Concepción de la Virgen María y en el empeño por imitar y reproducir sus virtudes”.
Estas
palabras del Cardenal Martínez Somalo, Prefecto de
la Congregación de Religiosos, acompañando el decreto de la aprobación de
las nuevas Constituciones el 22 de febrero de 1993, contienen unas
afirmaciones del más alto valor para comprender el sentido del Carisma
inmaculista de Santa Beatriz. La
aprobación de una Orden por la Iglesia significa el reconocimiento de una
realidad carismática de hecho, anterior a la misma aprobación jurídica.
Primero es la intervención de Dios, llamando a una persona a fundar una
familia religiosa. Luego, el establecimiento institucional de tal Carisma en
el cuerpo jurisdiccional de la Iglesia. La llamada carismática que suscita a
una Fundadora proviene directamente de Dios. De ahí que la reflexión sobre
el carisma inmaculista de la Orden obligue a remontarse a los orígenes
mismos de la fundación de la Orden, desde la intervención misma de Dios
escogiendo y preparando a Santa Beatriz para fundar la Orden Concepcionista
en la Iglesia. Es lo que la Carta insinúa cuando toma como su punto de
partida a la persona misma de la Santa Fundadora para referirse a las
Concepcionistas. Fue Santa Beatriz la que dio origen a una nueva Familia
Religiosa, a la cual la Iglesia da su aprobación. La
orden de la Concepción en la mente de Dios
Pero la fundación de Toledo no
es el comienzo total y absoluto de la Orden. Es menester remontarse más
allá de la fundación toledana del año 1489, a los eternos designios de
Dios para comprender el alcance sobrenatural de semejante evento. He
aquí cómo proceden los planes de Dios
cuando decide realizar
algo singular en la historia de la salvación. Según San Pablo, hay en Dios
un conocimiento primero y previo que antecede a la decisión predestinadora
de su voluntad (Rm 8,29). En ese conocimiento previo contempla las formas de
realización concreta en la historia que puede revestir la imitación y
reproducción de su esencia en el orden creado. Este conocimiento primero o
ciencia de simple inteligencia contiene todas las infinitas imitabilidades de
la esencia de Dios ad extra; de ellas, la sabiduría infinita de la
Trinidad escoge sólo unas determinadas y concretas formas de realización.
Es en esta opción divina donde interviene la predestinación, como decisión
divina concreta a producir determinadas imitaciones de esa su esencia
infinita. Esa predestinación tiene como imagen ejemplar a reproducir, el
Misterio de Cristo como Verbo Encarnado. Dice San Pablo: “A los que de
antemano conoció, también los predestinó a reproducir la imagen de su
Hijo, para que fuera el primogénito entre muchos hermanos” (Rm 8,29).
Esa predestinación supone una serie de pasos. El objeto central del decreto
predestinatorio es el Misterio de Cristo, cuya reproducción decide la
predestinación. Para que se reproduzca la imagen de Cristo, hay una un plan
divino previo ordenado a elevar la creación a una suprema culminación de la
misma, que es la Encarnación. Sólo cuando está proyectada la encarnación,
se pueden producir las imitaciones consiguientes a
esa realidad maravillosa del Verbo Encarnado. Si tratamos ahora de colocar en el orden de la predestinación
divina la fundación de la Orden Concepcionista, y el carisma inmaculista,
tenemos que imaginamos las cosas en el siguiente orden. Hemos de retroceder
en la eternidad, al instante supratemporal en que Dios decide realizar la
encarnación en el seno de una Madre Inmaculada. Pero antes de desembocar en
este punto final es necesario detallar de qué manera tiene lugar la
multiplicación reproductiva de las imágenes de Cristo. Como la imitabilidad
infinita de la esencia de Dios hace posible la variedad innumerable de las
esencias creadas, también el
misterio de Cristo ofrece una variedad maravillosa de imitabilidades. Es así
como cada uno de los misterios de Cristo puede ser reproducido e imitado en
los seres humanos: su encarnación, su nacimiento, su circuncisión,
su nombre divino, su presentación en el templo, su huida al Egipto, su vida
oculta, su bautismo, su retiro en el desierto, sus tentaciones, su ayuno, su
vida pública, su Pasión y muerte, su Ascensión gloriosa, y su presencia
eucarística, son una pequeña serie de aspectos del misterio de Cristo que
pueden ser reproducidos en la vida de los cristianos. Mas
no se limita únicamente al misterio de Cristo en sí mismo la imitabilidad
la Humanidad divina de Jesús. También la complementariedad que dicho
misterio tiene con la persona de María constituye una peculiar manera de
maravillosa imitabilidad. Y es aquí donde se adivina en qué modo la
Concepción Inmaculada de María puede ser un elemento del misterio de Cristo
susceptible de una imitación de parte de los hombres. Hay
en el misterio de Cristo como Verbo Encarnado, un aspecto de una singular
imitabilidad y reproducibilidad. Es el hecho de su encamación en el seno de
una Madre Inmaculada. No sólo es reproductible la encarnación del Verbo en
la encarnación mística que viven algunas almas místicas - como la Madre
Ángeles Sorazu - sino también el aspecto concreto de que tal misterio
tuviera lugar en una Madre Inmaculada es un hecho maravilloso digno de ser
consiencializado, vivido, y reproducido. Es aquí donde la Inmaculada
Concepción, aparece como un aspecto del misterio de Cristo reproducible e
imitable en las almas, como un aspecto de la unidad de Cristo y de María que
posibilita un destino divino cuyo objeto es reproducir la Inmaculada
Concepción. Dios puede programar la fundación de una familia religiosa que
se destine a vivir e imitar ese misterio de la Encarnación Inmaculada. Puede
Dios suscitar una persona sobrenaturalmente destinada a valorizar ese
misterio haciendo de él el centro de su vida personal como contemplación e
imitación. He aquí el lugar de la predestinación de Santa Beatriz a
reproducir en su vida la Encarnación Inmaculada del Verbo y la
santificación superior de María en el primer instante de su existencia. El
destino a vivir de la Inmaculada es un destino a reproducir el misterio de
Cristo en la dimensión de su encarnación en el seno de una Madre
Inmaculada. La Fundadora como matrizde una vocación a reproducirsePero la predestinación de una fundadora tiene un valor colectivo y
corporativo a la vez. En efecto, una fundadora es predestinada precisamente
para establecer en la Iglesia una familia que reproduzca el misterio para
cuya valoración sobrenatural - contemplación e imitación - es fundada la
respectiva familia. Hay, pues, un hecho llamativo en la predestinación de
una fundadora. En ella se da una predestinación personal a modo de una
misión a realizar en el ámbito de su individualidad irrepetible y única.
Pero la vocación a fundadora significa también que esa misión personal
puede ser carismáticamente reproductible en otras personas que son llamadas
a vivir el mismo misterio. Pero la diferencia está en que la fundadora es
predestinada a ser ella en su persona una imagen viva del misterio de la
Inmaculada Concepción, mientras
que la vocación característica de fundadora la predestina a ejercer una
causalidad repetidora, reproductora y multiplicadora de su misión personal
en otras personas que, por divina vocación, son igualmente llamadas a vivir
del mismo misterio que ella. Es
aquí donde tiene lugar una configuración misteriosa que se puede llamar de
la predestinación de las hijas a reproducir filialmente el
misterio de la madre. Como el misterio de Cristo y de María se reproduce y
repite en la individualidad de muchas personas;
así, la
llamada personal de una santa fundadora, se repite y multiplica en otras
muchas hijas que se originan de su destino a ejercer una sobrenatural
maternidad. En tales casos hay una causalidad ejemplar y reproductiva que
actúa como un molde y un ejemplar capaz de producir, en una repetición
siempre original y una reproducción siempre inédita,
la vocación de la fundadora.
Desde un modelo y un
ejemplar divino único, se logra por la
gracia de la llamada a una
familia religiosa, unas imitaciones siempre iguales, pero siempre diferentes
según las peculiaridades
personales de cada uno de los llamados. La
Virgen Inmaculada de Santa Beatriz Hay
en Ef 1,3 una doctrina sobre el modo peculiar como Dios es venerado por los
cristianos. Es el Dios
y Padre de Nuestro Señor Jesucristo. ¿Qué
quiere decir el Dios
de N.S.J.C.? Esta frase alude a una manera muy singular
de vivir el misterio de Dios
Padre en Cristo,
de modo que Dios puede ser llamado personalmente el Padre de N. S.,
Jesucristo. El Dios de N.
S. Jesucristo es
el Dios Padre tal como fue revelado y vivido por la Humanidad de
Jesús. En
el AT - en un mundo politeísta - los dioses eran llamados con el nombre de
algún adorador suyo que creaba un grupo de seguidores: Así aparecen
numerosos dioses llamados con diversos nombres: “el Dios [innominado]
de los padres, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el
Dios de Jacob», etc. En estas expresiones se indicaba no sólo el
hecho de que cada uno de estos patriarcas han dado culto al mismo Dios de
Abrahán, sino también un modo de religiosidad y de vivencia de lo divino en
forma especifica. El Dios de Abrahán es el Dios que se manifestó a Abrahán
en Ur de Caldea, y a lo largo de toda su vida se le manifestó de muy
diversas formas, de modo que configuró en Abrahán una religiosidad
peculiar. El Dios de Abrahán es Dios tal como fue vivido y adorado por el
Patriarca primero de Israel. EI
Dios de N.S. Jesucristo es el Dios Padre del NT tal como fue revelado a
Jesús, y tal como configuró la espiritualidad de Jesús. Es
esta manera de experiencias y vivencias divinas, la que se multiplica luego
en todos los cristianos. Todos ellos reproducen ese misterio de la
interioridad de Cristo, su peculiar constitución personal de Hombre-Dios,
que se siente una cosa con el Padre, del cual es el Hijo. En
una extensión analógica y aplicada podemos decir algo parecido de la
misión de los fundadores y de su reproducción en los hijos de los mismos. Santa
Beatriz es una santa en la cual el misterio de Cristo se vivenció como el
misterio del
Verbo Encarnado en el seno de una Madre Inmaculada. Así se podría hablar
del Cristo vivenciado por Santa Beatriz como el Cristo Hijo de una Madre
Inmaculada.
Sus
hijas reproducen y multiplican esa vivencia original. Por eso
las hijas de Santa Beatriz son llamadas Concepcionistas:
por la polarización de su experiencia mística en el misterio de la
Inmaculada Concepción. Pero el origen de semejante carisma está en la
realización primera y modélica de su santa Madre Fundadora. Por eso la
espiritualidad de cada familia espiritual reproduce una manera de
participación, en el Misterio de Cristo, protagonizado particularmente
por el fundador. De
Santa Beatriz dice la aprobación de sus Constituciones que, por elección
divina, dio
origen a una familia, cuya raíz y razón de ser está en la contemplación
de la Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María. Se
trata de una gracia de llamada divina, cuyo objeto es una vida basada en la
contemplación del misterio de la Inmaculada Concepción. La
concepcionista es la religiosa que puede llamarse “la religiosa de la
Humanidad Inmaculada de Jesús y María” porque es la hija de una santa
cuya misión fue la de
vivir de la Inmaculada Madre del Verbo Encarnado. Dios
Santo, Verbo inmaculado, Virgen Purísima Este
misterio del Verbo encarnado en el seno de una Madre Inmaculada, que hace
posible la predestinación a fundar una orden dedicada a valorarla por la
contemplación y la imitación, impulsa a elevarse contemplativamente al
nivel más alto del orden de las inmaculidades. En
el comienzo de todas las inmaculidades está la esencia de Dios que desde
Isaías 6,3 es llamado el Santo. La santidad es el atributo peculiar de la esencia divina que le
separa y diferencia de todos los demás seres. Es una realidad que incluye en
un todo la sacralidad y la pureza con una misteriosa y terrible fuerza. De
ahí que la santidad sea muy próxima a la noción de la pureza. Y sea la que
mejor responde al concepto de lo inmaculado en el orden creado.
Dios es absolutamente puro, inocente, y ese constitutivo suyo le separa de
toda la inmundicia e impureza de lo creado. De esa santidad fontal reciben su
santidad igual e infinita las tres divinas personas. Es en el orden de la finitud creada, y de la libertad moral de los
seres libres donde entra la posibilidad y la realidad de la mancha, el
pecado, la impureza. Es el caso de la Humanidad descendiente de Adán,
contaminada con su pecado. El
hombre ya no es santo, ni inocente, ni justo, ni inmaculado. Sólo cuando el
ser creado recupera la santidad original que le vincula al ser fontal de
Dios, se hace de nuevo puro e inmaculado. Así se anuncia en Ef. 1,4 que
todos los salvados están destinados a ser santos e inmaculados en su
presencia en el amor. Santos por la semejanza participada procedente del ser
santo de Dios que les procura la purificación y limpieza de toda mancha de
pecado. La
condición inmaculada es la que
compete al ser creado que recibe una pureza singular, derivada de la santidad
infinita de Dios. De la esencia divina se deriva la santidad y pureza
infinitas del Verbo. Y de él, procede la condición inmaculada
a de la Humanidad de Jesús, como la pureza admirable de la persona del Verbo
que se encarna en la naturaleza humana de Cristo, dejándola en una santidad
perfecta, y un estado supremamente inmaculado. De esta Humanidad -toda santa
y toda pura- redunda el privilegio de la Inmaculada Concepción en la persona
de María, totalmente alejada de la maldad moral humana. Y de la condición
inmaculada de la Humanidad de Cristo, y de su Madre Purísima, reciben
también la pureza de la gracia santificante los hombres, a los cuales toda
culpa de pecado y toda mancha moral, les es purificada. La
concepcionista hoy El
carisma concepcionista brota así de una elección divina a vivir de la
esencia totalmente pura y santa de la Trinidad, y de la santidad del Verbo
Encarnado absolutamente pura por la comunicación de la esencial santidad de
la naturaleza divina. Es una llamada a reproducir la santidad y pureza
suprema que el Verbo comunica a
su Humanidad, creando el primer ser totalmente inmaculado. Y en último
término, es la vocación a repetir imperfectamente la pureza de la Virgen
María, absolutamente excluida -por la destinación a ser Madre de Dios- de
toda contaminación con el
pecado. El
carisma concepcionista es una llamada a
alcanzar
la inocencia y pureza más perfecta, comunicada desde la esencia de su propio
ser Uno
y
Trino de Dios, de las Tres personas Divinas, santas
en
la esencia uni-trina de Dios, y su prolongación en la Madre del Verbo
Encarnado y
en la
Iglesia -santa, e inmaculada, sin mancha ni arruga- y la de los fieles
destinados a formar el Reino
santo
e inmaculado de la gloria. El
medio privilegiado para vivir ese carisma consiste en la imitación de la
Virgen Inmaculada, mediante la contemplación de su Purísima Concepción,
levantándose en su contemplación al espejo de la pureza inmaculada del
Verbo Encarnado, y de la santa y divina Trinidad, fuente, raíz, causa y
razón de toda limpieza y pureza sobrenatural. La orden de la Concepción resulta de esta manera, una sal maravillosa en la masa corrompida del mundo actual, para que toda la impureza de la Humanidad se purifique, toda santidad y pureza llegue a los hombres, desde la Virgen singularmente pura y santa y de la Inmaculada Humanidad del Verbo, santo y absolutamente puro, en la esencia divina tres veces santa.
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