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Apariciones de La Inmaculada Manifestaciones de La Concepción Inmaculada de María en Apariciones o revelaciones particulares |
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Por lo que consta en la hagiografica de los santos, con Santa Beatriz de Silva, es la primera vez que la Madre de Dios, se expresa sobre el Misterio de su Concepción Inmaculada. Cuatro siglos antes de la proclamación del dogma y las apariciones de Lourdes, cuando todavía la polémica se encendía entre los teólogos, María Sma. pide algo concreto a Santa Beatriz: la fundación de una Orden "a honra de la Inmaculada Concepción...". Un 'séquito de vírgenes' en 'Oblación al Redentor y a su gloriosa Madre, entregándose a Él como hostia viva en alma y cuerpo'... La Orden de la Inmaculada Concepción se convierte así, en el primero Monumento vivo y perpetuo a la Inmaculada desde el siglo XV. La Inmaculada no es el 'Titular' o Patrona de la Orden, simplemente, es un Programa de Vida que por el Carisma recibido del Espíritu Santo, Santa Beatriz de Silva transmite de generación en generación, no solo a toda la familia Concepcionista, como a toda la Iglesia...
En 1531 la Tota Pulcra volvió a manifestarse en México a San Juan Diego dejando constancia en una misteriosa pintura identificada con la iconografia inmaculista tradicional, reflejada en la ‘mujer’ del Apocalipsis,12: una mujer vestida de sol, la cabeza coronada de estrellas, la luna bajo los pies... Además, se cree que la Señora usó el término azteca nahuatl de coatlaxopeuh, el cual es pronunciado "quatlasupe" y suena extremadamente parecido a la palabra en español de Guadalupe. Coa significando serpiente, tla el artículo ‘la’, mientras xopeuh significa ‘aplastar’. Así Nuestra Señora se debió haber referido a Ella misma como "la que aplasta la serpiente".
En el siglo XVII, encontramos también grandes revelaciones de la Inmaculada a una hija de Santa Beatriz de Silva: Sor María de Jesús de Agreda (Soria). Sobre esas revelaciones de la Concepción Inmaculada de María nos ha regalado unos intensos capítulos en La Mística Ciudad de Dios. Sobretodo desde el Capítulo XII del Libro I hasta el XIX. Unas revelaciones y unos mensajes extensos e intensos que llenan el alma. Recordemos que esta alma fiel - sor Maria de Jesús - ha sido modelada místicamente por el Carisma de su Fundadora – Santa Beatriz de Silva y lo ha vivido y expresado maravillosamente en su Obra magna para nuestro provecho espiritual. La advocación de la "Virgen de la Historia" y la "Virgen del Coro", ambas iconografías inmaculistas, están especialmente relacionadas con la Venerable de Ágreda.
En 1830, las apariciones a Santa Catalina Labouré en Paris, la Virgen se presenta también con una iconografía identificada con la atribuida al significado de su Concepción Inmaculada. Y manda acuñar una medalla con la inscripción: “O María sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a Vos!” y las doce estrellas circundando la medalla por una de las caras. El nombre original de la medalla era el de Santa María de la Inmaculada Concepción. Solo después esta Medalla de la Inmaculada se fue popularizando con el nombre de ‘Medalla milagrosa' por los muchos prodigios realizados.
Muy conocidas son ya las apariciones de Lourdes - Francia en 1858, cuatro años después de proclamado el Dogma. La Señora de blanco y azul, como confirmado lo ya pronunciado por la Iglesia, se identifica así: ‘Yo
soy la Inmaculada Concepción’.
También
merecen aquí referencia, unas recientes apariciones de Cuapa
reconocidas por la Conferencia Episcopal Nicaragüense, y el lugar de las
apariciones es Santuario nacional indulgenciado durante el jubileo del año
2000.
Cuapa es un pequeño y remoto poblado con unas 100 casas campesinas en el
departamento nicaragüense de Chontales, al este de Managua, capital de la
nación. La
palabra ‘Cuapa’ se deriva de ‘coatl pan’, que en el idioma indígena
nahualt significa: “por encima de la serpiente”.
Al cristiano este nombre le hace pensar en la Inmaculada Concepción,
patrona de Nicaragua, quien aplasta a la cabeza de la serpiente. Recordemos
además que para Dios no hay acasos.
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Revelación
pública y revelaciones privadas Su
lugar teológico Cardenal
Ratzinger La
doctrina de la Iglesia distingue entre la ‘revelación pública’
y las ‘revelaciones privadas’. Entre estas dos realidades hay una
diferencia, no sólo de grado, sino de esencia. El término “revelación pública”
designa la acción reveladora de Dios destinada a toda la humanidad, que ha
encontrado su expresión literaria en las dos partes de la Biblia: el
Antiguo y el Nuevo Testamento. Se
llama “revelación”porque en ella Dios se ha dado a conocer
progresivamente a los hombres, hasta el punto de hacerse él mismo hombre,
para atraer a sí y para reunir en sí a todo el mundo por medio del Hijo
encarnado, Jesucristo. No
se trata, pues, de comunicaciones intelectuales, sino de un proceso vital,
en el cual Dios se acerca al hombre; naturalmente en este proceso se
manifiestan también contenidos que tienen que ver con la inteligencia y con
la comprensión del misterio de Dios. El proceso atañe al hombre total y,
por tanto, también a la razón, aunque no sólo a ella. Puesto que Dios es
uno solo, también es única la historia que él comparte con la humanidad;
vale para todos los tiempos y encuentra su cumplimiento con la vida, la
muerte y la resurrección de Jesucristo. En Cristo Dios ha dicho todo, es
decir, se ha manifestado así mismo y, por lo tanto, la revelación ha
concluido con la realización del misterio de Cristo que ha encontrado su
expresión en el Nuevo Testamento. El
Catecismo de la Iglesia Católica, para explicar este carácter
definitivo y completo de la revelación, cita un texto de San Juan de la
Cruz: “Porque en darnos, como nos dio a su Hijo, que es una Palabra suya,
que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola
Palabra...; porque lo que hablaba antes en partes a los profetas ya lo ha
hablado todo en Él, dándonos al Todo, que es su Hijo. Por lo cual, el que
ahora quisiese preguntar a Dios, o querer alguna visión o revelación, no sólo
haría una necedad, sino que haría agravio a Dios, no poniendo los ojos
totalmente en Cristo, sin querer cosa otra alguna o novedad”(n. 65, Subida
al Monte Carmelo, 2, 22). El
hecho de que la única revelación de Dios dirigida a todos los pueblos se
haya concluido con Cristo y en el testimonio sobre Él recogido en los
libros del Nuevo Testamento, vincula a la Iglesia con el acontecimiento único
de la historia sagrada y de la palabra de la Biblia, que garantiza e
interpreta este acontecimiento, pero no significa que la Iglesia ahora sólo
pueda mirar al pasado y esté así condenada a una estéril repetición. El
Catecismo de la Iglesia Católica dice a este respecto: “Sin embargo,
aunque la Revelación esté acabada, no está completamente explicitada;
corresponderá a la fe cristiana comprender gradualmente todo su contenido
en el transcurso de los siglos”(n. 66). Estos
dos aspectos, el vínculo con el carácter único del acontecimiento y el
progreso en su comprensión, están muy bien ilustrados en los discursos de
despedida del Señor, cuando antes de partir les dice a los discípulos:
“Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello. Cuando
venga Él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa;
pues no hablará por su cuenta... Él me dará gloria, porque recibirá de
lo mío y os lo anunciará a vosotros”(Jn 16, 12-14). Por
una parte el Espíritu, que hace de guía y abre así las puertas a un
conocimiento, del cual antes faltaba el presupuesto que permitiera acogerlo;
es ésta la amplitud y la profundidad nunca alcanzada de la fe cristiana.
Por otra parte, este guiar es un “tomar”del tesoro de Jesucristo mismo,
cuya profundidad inagotable se manifiesta en esta conducción por parte del
Espíritu. A este respecto el Catecismo cita una palabra densa del Papa
Gregorio Magno: “la comprensión de las palabras divinas crece con su
reiterada lectura”(Catecismo de la Iglesia Católica, 94; Gregorio,
In Ez 1, 7, 8). El
Concilio Vaticano II señala tres maneras esenciales en que se realiza la guía
del Espíritu Santo en la Iglesia y, en consecuencia, el “crecimiento de
la Palabra”: éste se lleva a cabo a través de la meditación y del
estudio por parte de los fieles, por medio del conocimiento profundo, que
deriva de la experiencia espiritual y por medio de la predicación de “los
obispos, sucesores de los Apóstoles en el carisma de la verdad”(Dei
Verbum, 8). En
este contexto es posible entender correctamente el concepto de revelación
privada, que se refiere a todas las visiones y revelaciones que tienen
lugar una vez terminado el Nuevo Testamento... Escuchemos
aún a este respecto antes de nada el Catecismo de la Iglesia Católica:
“A lo largo de los siglos ha habido revelaciones llamadas “privadas”,
algunas de las cuales han sido reconocidas por la autoridad de la Iglesia...
Su función no es la de... “completar” la Revelación definitiva de
Cristo, sino la de ayudar a vivirla más plenamente en una cierta época de
la historia”(n. 67). Se
deben aclarar dos cosas: 1.
La autoridad
de las revelaciones privadas es esencialmente diversa de la única revelación
pública: ésta exige nuestra fe; en efecto, en ella, a través de palabras
humanas y de la mediación de la comunidad viviente de la Iglesia, Dios
mismo nos habla. La fe en Dios y en su Palabra se distingue de cualquier
otra fe, confianza u opinión humana. La certeza de que Dios habla me da la
seguridad de que encuentro la verdad misma y, de ese modo, una certeza que
no puede darse en ninguna otra forma humana de conocimiento. Es la certeza
sobre la cual edifico mi vida y a la cual me confío al morir. 2.
La revelación
privada es una ayuda para la fe, y se manifiesta como creíble precisamente
porque remite a la única revelación pública. El
Cardenal Próspero Lambertini, futuro Papa Benedicto XIV, dice al respecto
en su clásico tratado, que después llegó a ser normativo para las
beatificaciones y canonizaciones: “No se debe un asentimiento de fe católica
a revelaciones aprobadas en tal modo; no es ni tan siquiera posible. Estas
revelaciones exigen más bien un asentimiento de fe humana, según las
reglas de la prudencia, que nos las presenta como probables y piadosamente
creíbles”. El
teólogo flamenco E. Dhanis, eminente conocedor de esta materia, afirma sintéticamente
que la aprobación eclesiástica de una revelación privada contiene tres
elementos: -
el mensaje en cuestión no contiene nada que vaya contra la fe y las buenas
costumbres; -
es lícito hacerlo publico, y los fieles están autorizados a darle en forma
prudente su adhesión (E.
Dhanis, Sguardo su Fatima e bilancio di una discussione, en: La
Civiltà Cattolica 104, 1953, II. 392-406, en particular 397).
Un mensaje así puede ser una ayuda válida para comprender y vivir mejor el
Evangelio en el momento presente; por eso no se debe descartar. -
Es una ayuda que se ofrece, pero no es obligatorio hacer uso de la misma. El
criterio de verdad y de valor de una revelación privada es, pues, su
orientación a Cristo mismo. Cuando ella nos aleja de Él, cuando se hace
autónoma o, más aún, cuando se hace pasar como otro y mejor designio de
salvación, más importante que el Evangelio, entonces no viene ciertamente
del Espíritu Santo, que nos guía hacia el interior del Evangelio y no
fuera del mismo. Esto no excluye que dicha revelación privada acentúe
nuevos aspectos, suscite nuevas formas de piedad o profundice y extienda las
antiguas. Pero, en cualquier caso, en todo esto debe tratarse de un apoyo
para la fe, la esperanza y la caridad, que son el camino permanente de
salvación para todos. Podemos
añadir que a menudo las revelaciones privadas provienen sobre todo de la
piedad popular y se apoyan en ella, le dan nuevos impulsos y abren para ella
nuevas formas. Eso no excluye que tengan efectos incluso sobre la liturgia,
como por ejemplo muestran las fiestas del Corpus Domini y del Sagrado
Corazón de Jesús. Desde
un cierto punto de vista, en la relación entre liturgia y piedad popular se
refleja la relación entre Revelación y revelaciones privadas: la liturgia
es el criterio, la forma vital de la Iglesia en su conjunto, alimentada
directamente por el Evangelio. La religiosidad popular significa que la fe
está arraigada en el corazón de todos los pueblos, de modo que se
introduce en la esfera de lo cotidiano. La religiosidad popular es la
primera y fundamental forma de “inculturación”de la fe, que debe
dejarse orientar y guiar continuamente por las indicaciones de la liturgia,
pero que a su vez fecunda la fe a partir del corazón. Hemos
pasado así de las precisiones más bien negativas, que eran necesarias
antes de nada, a la determinación positiva de las revelaciones privadas: ¿cómo
se pueden clasificar de modo correcto a partir de la Sagrada Escritura? ¿Cuál
es su categoría teológica? La
carta más antigua de San Pablo que nos ha sido conservada, tal vez el
escrito más antiguo del Nuevo Testamento, la 1ª Carta a los
Tesalonicenses, me parece que ofrece una indicación. El Apóstol dice en
ella: “No apaguéis el Espíritu, no despreciéis las profecías; examinad
cada cosa y quedaos con lo que es bueno”(5, 19-21). En
todas las épocas se le ha dado a la Iglesia el carisma de la profecía, que
debe ser examinado, pero que tampoco puede ser despreciado. A este respecto,
es necesario tener presente que la profecía en el sentido de la Biblia no
quiere decir predecir el futuro, sino explicar la voluntad de Dios para el
presente, lo cual muestra el recto camino hacia el futuro. El que predice el
futuro se encuentra con la curiosidad de la razón, que desea apartar el
velo del porvenir; el profeta ayuda a la ceguera de la voluntad y del
pensamiento y aclara la voluntad de Dios como exigencia e indicación para
el presente. La importancia de la predicción del futuro en este caso es
secundaria. Lo esencial es la actualización de la única revelación, que
me afecta profundamente: la palabra profética es advertencia o también
consuelo o las dos cosas a la vez. En este sentido, se puede relacionar el
carisma de la profecía con la categoría de los “signos de los
tiempos”, que ha sido subrayada por el Vaticano II: “...sabéis explorar
el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo no exploráis, pues, este
tiempo?”(Lc 12, 56). En esta parábola de Jesús por “signos de
los tiempos”debe entenderse su propio camino, el mismo Jesús. Interpretar
los signos de los tiempos a la luz de la fe significa reconocer la presencia
de Cristo en todos los tiempos. En las revelaciones privadas reconocidas por
la Iglesia se trata de esto: ayudarnos a comprender los signos de los
tiempos y a encontrar la justa respuesta desde la fe ante ellos. La estructura antropológica de
las revelaciones privadas Una
vez que con las precedentes reflexiones hemos tratado de determinar el lugar
teológico de las revelaciones privadas, debemos aún intentar aclarar
brevemente un poco su carácter antropológico (psicológico). La antropología
teológica distingue en este ámbito tres formas de percepción o “visión”:
la visión con los sentidos, es decir la percepción externa corpórea,
la percepción interior y la visión espiritual (visio
sensibilis – imaginativa – intellectualis). Está
claro que en las visiones de Lourdes, Fátima, etc. no se trata de la normal
percepción externa de los sentidos: las imágenes y las figuras, que se
ven, no se hallan exteriormente en el espacio, como se encuentran un árbol
o una casa. Esto es absolutamente evidente, por ejemplo, por lo que se
refiere a la visión del infierno (descrita en la primera parte del
“secreto”de Fátima) o también la visión descrita en la tercera parte
del “secreto”, pero puede demostrarse con mucha facilidad también en
las otras visiones, sobre todo porque no todos los presentes las veían,
sino de hecho sólo los “videntes”. Del mismo modo es obvio que no se
trata de una “visión”intelectual, sin imágenes, como se da en otros
grados de la mística. Aquí se trata de la categoría intermedia, la
percepción interior, que ciertamente tiene en el vidente la fuerza de una
presencia que, para él, equivale a la manifestación externa sensible. Ver
interiormente no significa que se trate de fantasía, como si fuera sólo
una expresión de la imaginación subjetiva. Más bien significa que el alma
viene acariciada por algo real, aunque suprasensible, y es capaz de ver lo
no sensible, lo no visible por los sentidos, una especie de visión con los
“sentidos internos”. Se trata de verdaderos “objetos”, que tocan el
alma, aunque no pertenezcan a nuestro habitual mundo sensible. Para esto se
exige una vigilancia interior del corazón que generalmente no se tiene a
causa de la fuerte presión de las realidades externas y de las imágenes y
pensamientos que llenan el alma. La persona es transportada más allá de la
pura exterioridad y otras dimensiones más profundas de la realidad la
tocan, se le hacen visibles. Tal vez por eso se puede comprender por qué
los niños son los destinatarios preferidos de tales apariciones: el alma
está aún poco alterada y su capacidad interior de percepción está aún
poco deteriorada. “De la boca de los niños y de los lactantes has
recibido la alabanza”, responde Jesús con una frase del Salmo 8 (v.3) a
la crítica de los Sumos Sacerdotes y de los ancianos, que encuentran
inoportuno el grito de “hosanna”de los niños (Mt 21, 16). La
“visión interior”no es una fantasía, sino una propia y verdadera
manera de verificar, como hemos dicho. Pero conlleva también limitaciones.
Ya en la visión exterior está siempre involucrado el factor subjetivo; no
vemos el objeto puro, sino que llega a nosotros a través del filtro de
nuestros sentidos, que deben llevar a cabo un proceso de traducción. Esto
es aún más evidente en la visión interior, sobre todo cuando se trata de
realidades que sobrepasan en sí mismas nuestro horizonte. El sujeto, el
vidente, está involucrado de un modo aún más íntimo. Él ve con sus
concretas posibilidades, con las modalidades de representación y de
conocimiento que le son accesibles. En la visión interior se trata, de
manera más amplia que en la exterior, de un proceso de traducción, de modo
que el sujeto es esencialmente copartícipe en la formación como imagen de
lo que aparece. La imagen puede llegar solamente según sus medidas y sus
posibilidades. Tales visiones nunca son simples “fotografías”del más
allá, sino que llevan en sí también las posibilidades y los límites del
sujeto perceptor. Esto se puede comprender en todas las grandes visiones de los santos; naturalmente, vale también para las visiones de los niños de Fátima, etc. Las imágenes que ellos describen no son en absoluto simples expresiones de su fantasía, sino fruto de una real percepción de origen superior e interior, pero no son imaginaciones como si por un momento se quitara el velo del más allá y el cielo apareciese en su esencia pura, tal como nosotros esperamos verlo un día en la definitiva unión con Dios. Más bien las imágenes son, por decirlo así, una síntesis del impulso proveniente de lo Alto y de las posibilidades de que dispone para ello el sujeto que percibe, esto es, los niños. Por este motivo, el lenguaje imaginativo de estas visiones es un lenguaje simbólico. El Cardenal Sodano dice al respecto: “... no se describen en sentido fotográfico los detalles de los acontecimientos futuros, sino que sintetizan y condensan sobre un mismo fondo, hechos que se extienden en el tiempo según una sucesión y con una duración no precisadas”. Esta concentración de tiempos y espacios en una única imagen es típica de tales visiones que, por lo demás, pueden ser descifradas sólo a posteriori. A este respecto, no todo elemento visivo debe tener un concreto sentido histórico. Lo que cuenta es la visión como conjunto, y a partir del conjunto de imágenes deben ser comprendidos los aspectos particulares. Lo que es central en una imagen se desvela en último término a partir del centro de la “profecía”cristiana en absoluto: el centro está allí donde la visión se convierte en llamada y guía hacia la voluntad de Dios.
Cardenal
Ratzinger Texto
extraído del Comentario al 'Secreto de Fátima'
Importante: Por decreto de la Santa Congregación para la Doctrina de la Fe, aprobado por el Papa Paulo VI el 14 de Octubre de 1966, ya no es necesario el Nihil Obstat ni el Imprimatur para publicaciones que tratan de revelaciones privadas en tanto no contengan nada contrario a la fe y la moral.
Decreto del Papa Pablo VI sobre las Apariciones El Canon 1399 prohibía por derecho la publicación de ciertos libros tales como aquellos que tratan de revelaciones, visiones, profecías y milagros. Este Canon ha sido derogado. Esto significa que en lo que se refiere a estas publicaciones se levanta la prohibición en cuanto a ser sujeto de ley eclesiástica. Esto significa que de aquí en adelante se permite a los Católicos, sin necesidad de Imprimátur o de Nihil Obstat o cualquier otro permiso, publicar sucesos de revelaciones, visiones, profecías y milagros. Por supuesto estas publicaciones no deben poner en peligro la FE y la MORAL; esta es la regla general que cada Católico debe seguir en todas sus acciones, aun periodistas, especialmente periodistas. De aquí que no hay ninguna prohibición relativa a Apariciones, sean ellas reconocidas o no por la Autoridad Eclesiástica. Por la misma razón se permite a los Católicos frecuentar lugares de Apariciones, aún aquellas no reconocidas por los Ordinarios de la Diócesis o por el Santo Padre; supuesto que los Católicos visitantes que frecuenten estos lugares deben respetar la FE y la MORAL. Sin embargo ellos no son sujeto de ninguna disciplina eclesiástica, ni aun en su Oración pública. Se requiere permiso tan solo para la celebración de la Santa Misa o cualquier otro servicio religioso. - El Canon 2318 disponía penas contra los que violasen las leyes de censura y prohibición. Este Canon ha sido derogado a partir de 1966. En las " Actas oficiales de la Santa Sede" ( A.A.S.) 58/16 del 29 de Diciembre de 1966, se publicó un decreto de la "Santa Congregación para la Doctrina de la Fe". Por este decreto los artículos 1399 y 2318 del Derecho Canónico se han abrogado. Este decreto de abrogación ha sido aprobado el 14 de Octubre de 1966 por su Santidad Pablo VI que ordenó al mismo tiempo su publicación. Aprobado por el Santo Padre, se dio en la audiencia dada al Eminentísimo Cardenal Ottaviani, Sub-Prefecto de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe. El Decreto se dio en Roma el 15 de Noviembre de 1966; lleva las firmas: Del Cardenal Ottaviani, Sub-Prefecto y de P. Parente, Secretario. Tres meses después de publicarse, el decreto entró en vigor el 29 de Marzo de 1967. Su Santidad Juan Pablo II no solo aprueba las decisiones de sus predecesores sino que anima a los fieles a Visitar y Orar en estos lugares donde nuestra Madre la Virgen María se ha aparecido y en los que por su mediación se obtienen tantas gracias para las almas, salud para todas las enfermedades y sentirse amados por Dios nuestro Padre que es el destino eterno de nuestras vidas.
¿Qué
significado tienen las “apariciones” en el proyecto de salvación de la
fe cristiana? Por
un lado las apariciones auténticas tienen como significado teológico la
presencia viva de Cristo en su Iglesia. En el caso de María, también su
particular presencia junto a Cristo como Virgen Asunta al cielo. Las
“apariciones” de María pueden ser un medio para confirmar en la fe de
la Iglesia, para asegurar su presencia y protección materna,
particularmente en ciertos momentos de la historia... A menudo algunas apariciones de María o la invención de una imagen suya milagrosa tienen un significado eclesiológico en cuanto fundamentan con un hecho sobrenatural la certeza de la presencia de María... explicó un especialista en estudios marianos y consultor de la Congregación vaticana para la Doctrina de la Fe, el padre Jesús Castellano Cervera, ocd - ROMA, jueves, 20 mayo 2004 - ZENIT
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