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María de los Ángeles Sorazu 1873 - 1920
‘Sorazu es, sin disputa, el caso más interesante de escritora mística en España en el tiempo actual y una de las primeras de todos los tiempos. En muchos aspectos es también más penetrante y densa que la misma Santa Teresa de Jesús y el mismo San Juan de la Cruz’ Baldomero Jiménez Duque
(eminente teólogo de la mística, especialista en Santa Teresa y San Juan de la Cruz)
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Introducción Y
creo que entre estas figuras egregias, ninguna sufre comparación con la
Madre Ángeles Sorazu, aunque no sea la más universalmente conocida y
valorada. Sor Patrocinio, la famosa ‘monja de las llagas’, y no
digamos la celebérrima Madre Ágreda, superan seguramente en nombradía a la
Madre Ángeles Sorazu, pero creo que ninguna de ellas puede comparársele en
grandeza. Y,
antes de entrar de lleno en materia, quiero aclarar el alcance del título,
que he puesto a esta comunicación. Se
trata de una ‘semblanza espiritual’, pero me quiero referir en ella más
directamente a su doctrina y a sus enseñanzas que a su vida. Aunque es
verdad que en el caso de todos los grandes místicos experimentales, su vida
y su doctrina se encuentran tan implicadas que, ocuparse de una de ellas,
viene a ser lo mismo que hacerlo de la otra. Sin
embargo, el enfoque desde uno u otro punto de vista, lleva consigo
matizaciones diferentes. Por eso quiero precisar desde ahora mismo con
claridad cuál es mi objetivo. No se trata de unos apuntes biográficos, ni
de adentrarnos en sus vivencias personales de una manera directa -aunque algo
de esto forzosamente hayamos de hacer-, sino de una exposición sucinta de su
enseñanza espiritual. Y,
aclarado este punto, podemos ya entrar, sin más, en materia. Aunque
sea brevemente, juzgo necesario anteponer algunos datos sobre su vida, ya
que, sin ello, no se podrían valorar suficientemente ciertos aspectos de su
doctrina. Florencia
Sorazu y Auzpurúa - en religión, Sor María de los Ángeles - nació en
Zumaya (Guipúzcoa) España, el 22 de febrero de 1873, de una familia muy
pobre en bienes de fortuna, rayana en la mendicidad, pero extraordinariamente
dotada en religiosidad profunda y en virtudes cristianas, que fueron el
primero y más profundo cimiento de sus futuras grandezas y de sus altísimos
vuelos en la santidad y en sus experiencias de Dios. Las
necesidades, económicas obligaron a la familia Sorazu a ir peregrinando por
varias poblaciones de la provincia, hasta establecerse definitivamente en
Tolosa, donde transcurrió la mayor parte de su adolescencia. Las penurias
familiares la obligaron a colocarse muy tempranamente como trabajadora en una
fábrica de boinas, hasta su entrada en el Monasterio. Cosa que tuvo lugar el
26 de agosto de 1891, cuando ingresó en el Monasterio de la Inmaculada
Concepción de Valladolid. El
21 de febrero de 1904 fue elegida Abadesa de dicho Monasterio, cargo que
desempeñó hasta su muerte, elegida una vez tras otra por unanimidad de las
religiosas. Y es que, a lo largo de este dilatado período, desempeñó
siempre este cargo tan comprometido con indudable acierto, de puertas adentro
y de puertas afuera. Su
muerte acaeció el 28 de agosto de 1921, cuando contaba 48 años de edad y 30
de vida religiosa. Pero,
tratándose de una escritora tan fecunda y de tanta valía, espontáneamente
se nos ofrece esta pregunta: ¿Qué preparación literaria tuvo la Madre Ángeles Sorazu? ¿Qué centros culturales frecuentó? La respuesta es bien
sencilla: hemos de responder que casi no tuvo ninguna preparación literaria,
ni frecuentó centros culturales: No poseía otra ciencia adquirida, hasta su
entrada en el Monasterio, que los pocos y muy rudimentarios conocimientos
adquiridos en la escuela de párvulos de Zumaya, pues no frecuentó otros
centros docentes, ni pudo tampoco dedicar sus ocios a procurarse una regular
formación autodidacta. Ella escribiría más tarde al P. Nazario Pérez:
‘No he recibido más instrucción que las primeras nociones que se dan en
la escuela de párvulos. Los conocimientos que poseo los adquirí en esta
santa casa, en mis relaciones con Dios y con la Sma. Virgen’. Al
recorrer sus escritos, llama también la atención del lector la facilidad y
desenvoltura con que cita y traduce muchos párrafos en latín. Y por cierto
que los traduce con una exactitud maravillosa. Escribe también a este propósito:
‘No entiendo más latín que lo que Dios quiere que entienda, para mi
provecho y de otras almas’. Por
tanto, su ciencia, según su propia declaración, era en todos los órdenes,
casi totalmente infusa; porque en el mismo Monasterio, donde ella dice que lo
aprendió casi todo, no era mucha la instrucción que se daba en aquellos
tiempos: unos rudimentarios, y no muy profundos conocimientos, de
espiritualidad tradicional y de vida religiosa. Y poco más. Fuentes y origen de su doctrina Creo
necesario aquilatar un poco más las anteriores afirmaciones. Comencemos
por aclarar que la Madre Ángeles poseía una inteligencia verdaderamente
egregia, y a su servicio una memoria no menos prodigiosa. Y, como es lógico,
una capacidad de penetración, de captación de la verdad y de retención,
extraordinarias. En muchas ocasiones produce asombro. Hemos
de decir también que con estas espléndidas cualidades por delante, ella en
el Monasterio leyó mucho; era una lectora incansable. En el Monasterio
encontró una biblioteca abundante, aunque, seguramente, no muy actualizada.
Allí encontró los libros clásicos de espiritualidad cristiana, abundante
hagiografía y, sobre todo, encontró La
Mística Ciudad de Dios de la Madre Ágreda, que fue, sin duda, una de
las principales fuentes de su formación teológica y espiritual. La Madre Ángeles
debe, indudablemente, mucho a su Hermana de hábito. Pero
creo que el libro que más bien le hizo y le ayudó para la adquisición de
sus conocimientos teológicos tan abundantes y, sobre todo, tan profundos y
bien asimilados, fue el catecismo; la meditación asidua del catecismo. La
Madre Ángeles es una entusiasta apologista del catecismo. No acaba de
ponderar el bien que le hizo. Es posible que, además del catecismo
elemental, pudiera valerse también de algún ‘catecismo explicado’. ¿El
del Concilio de Trento? ¿El de San Antonio María Claret?... Otra
fuente importantísima para su formación personal fueron las predicaciones
que oiría constantemente en el Monasterio, con ocasión de retiros,
ejercicios espirituales, etc. Capítulo
aparte merecen las instrucciones de su director espiritual, su ‘Padre
verdad’, el P. Mariano de la Vega, benemérito en éste como en todos los
demás aspectos de su atinadísima dirección. El empeño que puso en la
formación de esta alma excepcional no es para dicho: ejercicios espirituales
dirigidos a ella personalmente, largos coloquios de instrucción y formación
doctrinal, largas cartas, igualmente, sobre los más profundos temas del
dogma y de la espiritualidad, etc. Todo ello de notable densidad teológica y
que ella meditaba profunda y asiduamente. Quizás haya sido esta intervención
doctrinal del P. Mariano la fuente más principal de su formación teológica,
escriturística y espiritual, desde esta ladera humana. Y
digo ‘desde esta ladera humana’, porque claro está que todo esto no
hubiera servido demasiado sin la excepcional capacidad de asimilación a la
que nos hemos referido y, sobre todo, sin las continuas luces infusas con que
Dios la favorecía. Porque todos los recursos y aportaciones humanas están
muy lejos de explicar las más y las mejores páginas de Madre Sorazu.
Constantemente, a lo largo de la lectura de sus libros, se ve uno obligado a
exclamar: ‘El dedo de Dios está aquí’. Lo más abundante y lo más
sublime de su doctrina es, indudablemente, de origen infuso; se debe a la
sublime ilustración del Espíritu Santo.
La
Madre Ángeles Sorazu escribió mucho. Sin embargo, fue muy poco lo que
escribió por iniciativa personal. Casi todo se debe al mandato expreso de la
obediencia; a los directores de su conciencia, quiero decir. Es un caso análogo
al de Santa Teresa de Jesús. Sus
escritos pueden agruparse en tres grandes apartados. Y, hasta en esta simple
materialidad, guarda también una notable analogía con Santa Teresa.
Aquí es menester mencionar dos de sus más extensos e importantes escritos:
La
Vida espiritual coronada por la triple manifestación de Jesucristo Salvada siempre su originalísima personalidad, podemos comparar la primera con la Vida de Santa Teresa y la segunda con Las Moradas. Como éstas, la obra de la M. Ángeles está también escrita de una manera pretendidamente impersonal, pero el carácter autobiográfico se revela en cada página.
b) El Epistolario. Es muy copioso. En esto también se parece a la Mística Doctora, de la
En
las cartas vuelca su alma con la mayor naturalidad y espontaneidad, dejando
correr la pluma sin concesiones al artificio, despojando el estilo de un
secreto empaque doctoral que, sin percatarse ella misma, aparece en muchas de
sus páginas, contagiada, sin duda, por aquel estilo posromántico y
decadente, tan característico de la escritura y, sobre todo, de la oratoria
clerical de aquellos días y que ella, inevitablemente, había ido
absorbiendo por una ósmosis bien comprensible, y que, para nuestro gusto de
hoy, resulta inaguantable. Ella, por supuesto, que no se apercibe en absoluto
de estas influencias. Pero en
el Epistolario no aparece nada, o casi nada de todo esto... Es, a
mi juicio, donde el estilo de Sorazu raya a mayor altura. Y lo que se lee
con más gusto de todos sus escritos atendiendo, digo, a la dimensión
literaria. c)
Otros escritos En
el tercer grupo se recogen otros escritos cortos, muy abundantes, redactados,
generalmente, para edificación de sus religiosas, sin más pretensiones
doctrinales. Sin embargo, en muchas de sus páginas, escritas con tanta
sencillez y espontaneidad, aparece la gran doctora mística que se ocultaba
siempre detrás de Ángeles Sorazu. Destacan
de entre estos escritos breves, los llamados ‘Opúsculos
marianos’. El título
habla suficientemente de su contenido. El más notable de ellos, al menos en
cuanto a la extensión, es el llamado: La Ovejita de María Inmaculada . Otros
de estos escritos tienen carácter bíblico, como sus comentarios a diversos
pasajes del Cantar de los Cantares. Ya
hemos hecho, de pasada, alguna alusión al mérito de la Madre Ángeles como
escritora. Aunque éste sea un punto de vista algo ajeno a nuestro intento,
no estará del todo fuera de lugar hacer algunas puntualizaciones. Ya creo
que hemos insinuado que la lengua que mamó, como suele decirse, fue el
vascuence, aunque, casi al mismo tiempo, en la calle, en la iglesia, en el
colegio, aprendió también el castellano. Fue
también aquí una autodidacta, porque, sin preparación de ningún género,
escribía con bastante corrección y soltura. Aun en la ortografía, su
redacción es bastante aceptable. Esto nos habla una vez más de sus dotes de
observación, porque la ortografía la aprendió en sus lecturas, sin haber
aprendido reglas de ningún género. El
estilo, como ya hemos insinuado, se resiente del que asimilaba en el
ambiente, como no podía por menos. Aquel estilo, posromántico y clerical lo
hemos llamado, un tanto pomposo y afectado, que tanta fortuna hacía entre
los predicadores y escritores de aquel tiempo, lleno de palabras y giros
altisonantes, cultistas, latinizantes, casi siempre de muy dudoso gusto. Al
menos para nosotros, hombres de hoy. Para aquellos tiempos debía ser otra
cosa; al fin y al cabo, de gustos no hay nada escrito. Esta
vez también, la facultad de asimilación y captación de la Madre Ángeles
rayó muy alto, aunque generalmente, no para bien, porque es cosa que le
resta frescura y espontaneidad al estilo dándole con frecuencia, en los
giros y en el vocabulario, un tinte de afectación, que produce
inevitablemente desagrado en el lector. Por eso dije antes que, desde el
punto de vista literario, tal vez sean sus cartas lo mejor logrado,
precisamente porque se conducía, al escribirlas, con total naturalidad,
olvidándose de todo lo postizo y afectado. Por
supuesto, es necesario precisarlo, que toda esta afectación en el estilo era
inconsciente, no querida ni buscada. Era el estilo que asimilaba
inconscientemente, de los libros que leía y, sobre todo, de las
predicaciones que escuchaba. Pero que, al escribir de cara al público, creía
ella que era el estilo culto que debía usarse; el adecuado a las personas y
a las circunstancias. Es un estilo que hoy día nos desagrada y se nos hace
muy cuesta arriba el aguantarlo, pero cada uno, inevitablemente, es hijo de
su tiempo. Advierto todo esto para que sea tenido en cuenta a la hora de leer
los escritos de la Madre Ángeles y saber prescindir de estas
accidentalidades, encaminándose directamente a la sustancia de su doctrina,
que es lo que importa y lo que en todo caso ha de buscarse. Ha habido
personas que, por haberse dejado impresionar más de lo justo por este primer
inconveniente de superficie, han abandonado su lectura y manifiestan un
rechazo no disimulado por sus escritos. Es una lástima y una ligereza. Desde
luego que, como escritora, no puede ser comparable con la gracia inimitable
de Santa Teresa, cuya lectura es un puro deleite. Nunca llegará a tener la
popularidad de Santa Teresa, pero es necesario reconocer que la Madre Ángeles
es una escritora de raza. Fuera de estos defectos de forma, de los que ella,
en definitiva, no es responsable, sino el ambiente en que le tocó vivir, su
facilidad para manejar la pluma era muy notable; yo diría que asombrosa. Las
palabras, las expresiones, le fluían sin esfuerzo y lograba plasmar en el
papel, con toda claridad y precisión, los conceptos más difíciles, sutiles
y elevados. Todo, fruto de la claridad de su mente. Siempre se siente dueña
de la palabra; de una palabra exacta, precisa, para plasmar sus ideas. Esta
creo que es la facultad más estimable en una escritora y la Madre Ángeles
la poseía en grado muy notable. Es una de las cosas que uno más admira,
cuando se leen con detenimiento sus escritos. Pero
dejemos ya todo esto, que, con ser atendible, no es ciertamente lo más
importante. Perspectiva general de su doctrina Las
grandes líneas de la espiritualidad de la Madre Ángeles son las mismas y clásicas
de toda espiritualidad cristiana. Partiendo de los grandes misterios de la
fe: Trinidad, Redención, Iglesia, Sacramentos, Gracia, Mariología, etc.,
sigue el proceso y desarrollo de la vida en el alma, a través de los
diversos períodos, hasta verla coronada en este mundo con la perfección,
sea cual sea el nombre con que se la quiere designar: unión transformante,
matrimonio espiritual, divinización plena del alma. Pero Dios nunca se
repite, aun conservándose dentro de estas líneas generales y comunes en
todos los casos. Y,
por supuesto, la Madre Sorazu, entre todos los escritores de temas
espirituales, hace gala de una muy destacada originalidad, consecuencia de su
propia psicología y, sobre todo, de la singularidad de sus experiencias
personales en la vivencia del misterio de Dios. Experiencias
que ella logró traducir al lenguaje humano como pocos han logrado
realizarlo. Si
ahora quisiéramos determinar un poco algunos de los puntos más originales
en su doctrina espiritual, podríamos señalar los siguientes, entre los más
principales, aunque la enumeración no sea exhaustiva.
Dentro
del esquema clásico de la evolución de la vida sobrenatural en el hombre:
principiantes, transición a la contemplación (purificación pasiva
del sentido y primeros grados de contemplación),
proficientes, purificación pasiva del espíritu y unión transformante, nos
encontramos en el esquema de la Madre Ángeles con notables peculiaridades.
Notemos esas dos, siquiera, que disuenan bastante sea del esquema de San Juan
de la Cruz, sea del de Santa Teresa de Jesús. * La primera ‘de estas peculiaridades se encuentra en la
colocación y distribución de las noches pasivas. San
Juan de la Cruz, el Doctor de la Noche, es el autor de líneas netas y
precisas. Sabido es cómo coloca la noche o purificación pasiva del sentido
entre el período de los principiantes y el de los aprovechados, en esa
encrucijada difícil en que va cesando la oración activa, dando aquí el
Santo una importancia muy destacada al aspecto negativo o de purificación;
sin descuidar el otro, desde luego. Santa
Teresa conoce la misma experiencia de esta noche, pero no hace más que
mencionarla, dando una importancia preponderante al aspecto positivo de esta
transición, es decir, a los primeros atisbos y grados de la contemplación
infusa. Pueden verse a propósito de todo esto las 3ªs y 4ªs Moradas. La
Madre Ángeles, por su parte, presenta estas características muy peculiares: 1.Coloca
también esta purificación en la misma coyuntura que San Juan de la Cruz y
Santa Teresa. 2.Destaca,
con San Juan de la Cruz, mucho el aspecto negativo. 3.Destaca
dos fases o experiencias distintas en esta purificación: la Noche, cuando lo que predomina en la experiencia del alma es la sensación de
oscuridad, y el Desierto, cuando es
la sensación de soledad, de ausencia de Dios y de las criaturas, lo que
predomina. Pero
es en la Noche pasiva del espíritu donde se encuentran las mayores
diferencias. San
Juan de la Cruz coloca esta noche entre el período de los proficientes y el
de los perfectos, como purificación total y necesaria, para que pueda llegar
el alma a la perfecta unión con Dios. Santa
Teresa habla también con alguna extensión de esta noche en las Sextas
Moradas. Coincide, por tanto, fundamentalmente con San Juan de la Cruz en
cuanto a la ubicación de esta noche; pero ofrece alguna peculiaridad notable
y es que la divide en dos fases distintas: Describe
la primera de ellas en el Capítulo 1 de las Sextas Moradas y la segunda en
el Capítulo XI, es decir, el último de estas Sextas Moradas. Ambas fases
tienen causas y caracteres sobra un poco diferentes, que no es hora de
analizar aquí. La
Madre Ángeles, por su parte, también sigue en este punto su propio camino: 1.
Admite diversas fases en esta purificación, como Santa Teresa; pero no
solamente habla de dos fases, sino de tres, que distribuye de la siguiente
manera: 2.
La primera fase la coloca a continuación de la purificación pasiva del
sentido, como una continuación o desarrollo de ella. Es lo más oscuro y
doloroso de la purificación. 3.
Coloca la segunda fase a continuación de ésta, pero es noche que ya se va
encontrando tornasolada por los primeros rayos de la contemplación. En ello
coincide también con Santa Teresa, en parte. 4.
Coloca la tercera fase, finalmente, entre el período de proficientes y el de
los perfectos. En ello coincide con San Juan de la Cruz. Pero aquí la
purificación tiene características muy especiales: la causa principal es la
influencia dolorosa que experimenta el alma, al sumergirse en el océano de
la luz divina. * La
segunda de estas singularidades es la referente a su doctrina sobre el
matrimonio espiritual. Lo coloca desde luego, como coronamiento y vértice de
la vida espiritual en este mundo, pero son varias y, sobre todo, muy
profundas sus diferencias con Santa Teresa y San Juan de la Cruz; aunque, por
supuesto, ninguna de estas diferencias toca a la sustancia de la doctrina. Señalemos
las principales: 1.
La más notoria, aunque no sea la más profunda, es la extensión que le
concede a la exposición de este último período de la vida espiritual: más
que San Juan de la Cruz y, por supuesto, más que Santa Teresa. Su última
gran obra: La Vida espiritual coronada..., en su segunda edición, consta de
362 páginas. Pues en ella, a la exposición del matrimonio espiritual dedica
226, es decir, bastante más de la mitad de la obra. 2.
Pero, siendo ésta una de las cosas más llamativas, no es, como dejamos
dicho, la más importante. Cuando Santa Teresa y San Juan de la Cruz nos
hablan del matrimonio espiritual, se refieren, es verdad, a fases distintas
en la intensidad de la vivencia, pero no hay avance: unas veces la vivencia
de la experiencia altísima de Dios es más intensa, otras más remisa, pero
no se trata de nuevos adelantamientos, sino de meras fases alternativas. Unas
veces el fuego divino se encuentra en el alma como en estado de ascua, otras
veces el Espíritu Santo con su soplo divino levanta en ella, durante unos
instantes, ‘la llama de amor viva’, que vuelve otra vez a su anterior
sosiego, siendo la vida del alma esta sucesión de alternativas; viviendo
como en una antesala del cielo. En
la Madre Ángeles, por el contrario, nos encontramos, nada menos, que con
cuatro períodos o grados distintos de perfección, dentro del matrimonio
espiritual, con un avance real en la perfección de la unión del alma con
Dios. La
finalidad de este trabajo no nos consiente entrar en pormenores sobre la
naturaleza y pormenores de cada uno de estos grados. Nos contentaremos con
enunciar su contenido. * El
primero nos habla de la vida del alma en Dios, es decir, sumergida en el piélago
de la vida divina, en el insondable misterio de Dios. Esta es la experiencia
fundamental, aunque en él se encuentren cuatro grados subsidiarios, con sus
matices diferentes y grados distintos de intensidad. De todo ello hago gracia
al lector, por razón de la brevedad. * El
segundo grado nos describe, a la inversa, la vida de Dios en el alma. La
experiencia fundamental es, al contrario del anterior grado, sentir el alma a
Dios como encerrado en ella, como posesión suya. * En
el tercer grado aparece la santa Humanidad de Cristo, no ya la pura
divinidad; por eso llama a ésta grado, y al siguiente, ‘contemplación
mixta’. Nos habla en él de la vida del alma en Jesucristo; es decir:
totalmente poseída por Cristo, injertada en Él, configurada con Él. * En
el cuarto grado, a la inversa, se habla de la vida de Jesucristo en el alma,
haciéndola participar intensísimamente en todos los misterios de su vida,
sobre todo de su vida dolorosa, hasta sus agonías y muerte de cruz. Es
posible que mis lectores hayan reparado enseguida en una incongruencia teológica
-al menos aparente-. Efectivamente, Cristo nos repite en el
Evangelio: ‘Yo soy la puerta y nadie va al Padre, sino por Mí’ (Jn.10). ‘Yo soy el camino’ (Jn. 14,6) ¿Cómo, pues, la Madre Ángeles, después de haber
instalado al alma en el seno más hondo de la Divinidad, en los primeros
grados, vuelve otra vez a sacarla del seno de Dios, para hacerla tornar a la
puerta, al camino, que es la santa Humanidad? Pero
hay más: es el caso que todos los místicos, en consonancia con lo que
acabamos de decir, han considerado como meta suprema alcanzable en esta vida
el llegar a esta unión permanente con Dios, a este quedar hundida y
perdida en el seno de la Divinidad. De aquí ya no hay retorno. Para
la Madre Ángeles, en cambio, ésta no sería la meta suprema, sino que se
encontraría en la identificación con Cristo, prolongando Él en el alma los
misterios de su vida y pasión santísimas, en este mundo, para coronarlos en
el cielo con la definitiva glorificación. ¿Cómo
explicar este contrasentido? Confieso
que este enigma doctrinal de la Madre Ángeles durante mucho tiempo me tuvo
perplejo y sin dar con una solución que me satisficiera. Porque la Madre Ángeles, desde luego, no se preocupa de dar una explicación a esta paradoja,
al menos de una manera explícita y directa. Estos
años atrás he tenido que manejar muy asiduamente los escritos de la Madre,
por razones que no vienen al caso y creo que he llegado a una explicación
plausible. Se halla en un largo párrafo final del Capítulo 22 de La Vida
Espiritual Coronada.. Para
la Madre Ángeles, la meta suprema del cristiano en este inundo no es otra que
la reproducción viva en él de los misterios santísimos de la vida de
Cristo; de su misterio pascual, sobre todo. Para ella, el matrimonio
espiritual o unión transformante, no es el cielo o una antesala del cielo,
como para San Juan de la Cruz y la generalidad de los místicos. Para
la Madre Ángeles, esa gracia suprema de unión en este mundo no es otra cosa
que la vivencia del misterio de la transfiguración en el Tabor. Se trata no
tanto de una llegada, sino de un nuevo y definitivo punto de arranque. ¿Hacia
dónde? Hacía donde se encaminó Cristo desde el Tabor: hacia el Calvario y,
luego, hacia la glorificación definitiva. Se
trata de dos concepciones distintas, aunque, en el fondo, no muy distantes.
No muy distantes, es verdad, pero de perspectivas nuevas y enriquecedoras.
Jesús, después del Tabor, toma decididamente el camino hacia Jerusalén,
para dar cumplimiento al misterio pascual, con su muerte y resurrección. Otro
tanto le sucede al cristiano que camina hacia la perfección: la unión
transformante no es punto de llegada, sino, como decimos, punto de partida
hacia el cumplimiento pleno de su misterio pascual personal, asimilado a
Cristo, teniendo como primera fase la pasión y la muerte, en unión con las
de Cristo, o mejor, como prolongación de las de Cristo; y como segunda fase,
la glorificación, también en unión con Cristo y como participación de la
suya. Que es lo que dijo San Pablo: ‘Si es que juntamente padecemos con Él,
para ser con Él juntamente glorificados’. (Rm. 8,17) Esta
visión de las cosas no es menos sugestiva y exacta que la de San Juan de la
Cruz. Santa Teresa tiene también sus puntos de contacto con la visión teológica
de la Madre Ángeles. Efectivamente, ella escribe en las Séptimas Moradas,
que, como es bien sabido, constituyen el grado supremo de la unión a que
puede llegar el alma en este mundo: ‘Bien será, Hermanas, deciros qué es
el fin para el que hace el Señor tantas mercedes en este mundo... porque no
piense alguna que es sólo para regalar a estas almas, que sería grande
yerro, que es darnos vida que sea imitando a la que llevó su Hijo tan amado.
Y así, tengo por cierto que son estas mercedes para fortalecer nuestra
flaqueza, para poderle imitar en
el mucho padecer’ (4,4).
Y lo confirma con el ejemplo de algunos santos, sobre todo del Apóstol San
Pablo. La misma vida de Santa Teresa es el mejor testimonio de ello: los últimos
años de su vida, en los que vivió plenamente este grado de unión
transformante, fueron los años en los que el Señor la lanzó en medio de
aquel ajetreo de viajes, fundaciones, relaciones con todo género de
personas, que fueron la causa de sus mayores cuidados, desazones, trabajos y
sufrimientos al servicio de la Iglesia. Esto mismo se podría constatar en la
vida de tantos otros santos: San Francisco de Asís, Santa Catalina de Siena,
San Antonio María Claret, etc. La elevación al matrimonio espiritual no fue
para ellos otra cosa más que el ascenso al Tabor, para quedar -como
los tres apóstoles- fortalecidos ante la inminencia de la pasión;
para emprender decididamente como Jesús y junto a Jesús el camino de
Jerusalén hacia el Calvario. El mismo San Juan de la Cruz, cuyo punto de
vista teórico parece tan distante del de la Madre Sorazu, en su vida
concreta, sin embargo, no fue una excepción, como recordará muy bien
cualquiera que haya leído su biografía. Es la constatación que tanta
admiración causaba a Bergson en los místicos católicos y la nota que, según
el mismo filósofo, marca la madurez de toda experiencia mística. Todo lo
que no sea esto, no pasa de ser balbuceos y atisbos de la verdadera
experiencia mística. (Puede verse su obra. Les ‘Deux
sources de la morale et de la religion’, sobre todo los Capítulos III
y IV. Presses Universitaires de France. París. 1978.) No
podemos terminar esta materia sin decir dos palabras acerca de la naturaleza
de la muerte de los santos, según el concepto que de ella se ha formado
nuestra autora. No es difícil adivinarla, teniendo en cuenta lo que acabamos
de exponer: lógicamente, la muerte de los santos no puede ser otra que una
reproducción de la muerte de Cristo, una prolongación de la suya. Ha de
llegar el alma a la aniquilación total en el cuerpo y en el espíritu,
participando intensísimamente de sus sufrimientos físicos y de sus
desolaciones interiores, de sus misteriosos abandonos, por parte del Padre.
Así previó ella su propia muerte y así, efectivamente, se realizó. San
Juan de la Cruz, por el contrario, escribe, refiriéndose a la muerte de
aquellas personas que han escalado en esta vida las cumbres supremas de la
unión: ‘Estas (personas) aunque en enfermedad mueran o en cumplimiento de
edad, no les arranca el alma sino algún ímpetu y encuentro de amor, mucho más
subido que los pasados y más poderoso y valeroso, pues pudo rasgar
la tela y llevarse la joya del alma. Y así, la muerte de semejantes
almas es muy suave y muy dulce, más que les fue la vida espiritual toda su
vida, pues que mueren con más subidos ímpetus y encuentros sabrosos de
amor, siendo ellas como el cisne, que canta más suavemente cuando se
muere’. (Llama, 1,30.) El
P. Luis Villasante ha pretendido compaginar estas dos concepciones tan
distintas. Dudo mucho que lo haya conseguido. (Cfr. Luis VILLASANTE. La Madre Ángeles Sorazu. Estudio místico. Vol. 1, pág. 550.
Bilbao, 1950.) Se
trata sencillamente de dos puntos de partida distintos, de dos concepciones
distintas y de dos maneras distintas de enfocar la misma realidad. Ambos
puntos de vista son complementarios y enriquecedores. Y ‑¿por qué
no?‑ verdaderos. Creo
que ésta es también la ocasión oportuna para ocuparnos de otra cuestión,
tan acaloradamente debatida en décadas pasadas. Me estoy refiriendo a la
llamada cuestión mística. No podemos entrar aquí en pormenores, como se
comprende. Queriendo sintetizar mucho el asunto debatido, podría concretarse
en esto: ¿Es necesaria la mística para llegar a la perfección de la vida
cristiana? Y,
acercando más la cuestión a nuestro terreno: ¿Qué pensaba de ello la
Madre Ángeles Sorazu? Bien
conocidos son el desvío, el recelo y aun la repugnancia que sintió siempre
la Madre Ángeles por todo lo que significara ‘cosas extraordinarias’ en
el camino de la vida espiritual. En concreto, rehuía expresamente todo lo
que sonara a místico. Dejaba de lado cuanto podía la lectura de libros ‘místicos’
y rehuía cuanto podía el trato con sacerdotes que ella sabía inclinados a
estos temas y doctrinas. Buen ejemplo es el caso del P. Arintero, del que nos
ocuparemos más adelante. Todo
este problema es grave y complejo y bien merecería una reflexión más
detenida. Pero no es éste el lugar de hacerlo. Dos
cosas quiero advertir, sin embargo: Primera,
que la Madre Ángeles no se paró nunca a perfilar el concepto exacto de lo místico,
sino que, como sucede tantas veces, ella miraba como místico todo lo que era
extraño y maravilloso en los caminos de Dios; eso que tanto suele admirar el
vulgo de los espirituales. Mas, precisamente todo esto tiene muy poco que ver
con la naturaleza de la verdadera mística; está, cuando más, en los
arrabales de la mística. San Juan de la Cruz es el primero en desecharlo.
Estoy seguro que si a la Madre, en vez de haberle metido tantos recelos en la
cabeza contra ‘la mística’ ‑no sé muy bien por quién ‑, se
le hubiera explicado su exacto sentido teológico, no hubiera mostrado tantos
recelos, sino que la hubiera abrazado y defendido con todo el alma. Y
la otra cosa que quería decir: que sea de esto lo que sea, de una lectura
detenida de los textos de la Madre Ángeles, resulta suficientemente claro
que ella reconocía la necesidad de la vida mística, tanto para lograr la
perfecta purificación del alma - en lo que coincide con San Juan de la
Cruz - como para alcanzar la perfección de todas las virtudes y lograr
los más altos grados de la unión con Dios. Aquí
no nos es posible detenernos más en este punto, pero el mismo P. Villasante,
aunque un poco a regañadientes, viene a reconocerlo. (Cfr. op. cit. Vol.
1, pág. 392.)
Esta cuestión necesitaría ser tratada con mayor detenimiento. María Otro
aspecto muy destacado que ilumina y caracteriza toda la doctrina espiritual
de la Madre Ángeles es su marianismo.
Tal vez aquí no encuentre rival... Al
hablar así, me estoy refiriendo, no a la vivencia misma, que de esto sólo
Dios puede juzgar, sino al acierto y abundancia en la exposición de la
doctrina espiritual mariana. También
aquí tenemos que ser necesariamente parcos. La doctrina mariana de la Madre
Ángeles está reclamando una extensa monografía. Puestos a sintetizar lo más
posible, yo resumiría en estos tres sus contenidos más fundamentales: 1 Su
profundidad y seguridad teológica. 2
Su enraizamiento en los estratos más profundos de la vida cristiana. 3
Su universalidad, quiero decir, su constante presencia e influjo en
todos los períodos del desarrollo de la vida sobrenatural. El Catecismo Terminaremos,
finalmente, con un tercer aspecto característico de la doctrina espiritual
de la Madre Ángeles: el influjo
constante del catecismo como base de sus desarrollos doctrinales. Si algún
día, como fundadamente es de esperar, se le concede a la Madre Ángeles el
honor de los altares, yo creo que debería de reconocérsele este rasgo y ser
declarada, no tanto patrona de los catequistas - que ha habido ya
tantos y tan eximios -, sino de los catequizados. El influjo del
catecismo en su vida y en su doctrina fue decisivo. Y sus ansias de leerlo,
meditarlo y asimilarlo continuas y fervorosas. Encontramos continuamente
referencias a ello en sus páginas. Y los provechos que de ello se le
derivaron fueron incalculables. La seguridad doctrinal de que hace gala al tener que desenvolverse entre los más altos misterios de la fe y las más sutiles cuestiones de la teología se debe, en gran parte, a la luz que proyectó en su mente el estudio y la buena asimilación del catecismo. Creo yo que una de las cosas por las que la Madre Ángeles será más apreciada y admirada de los teólogos ha de ser la seguridad doctrinal con que se desenvuelve siempre y la precisión teológica de su terminología, del todo admirable en una mujer que no tenía ninguna formación cultural ni teológica.
Algunos puntos doctrinales más notables Después
de habernos ocupado de algunos caracteres más salientes que distinguen, en
general, la doctrina de la Madre Ángeles, me parece conveniente destacar
algunos puntos doctrinales más particulares y concretos en que ella se
encumbra a alturas sobrecogedoras o nos deslumbra con luminosidades
insospechadas sobre Dios y sobre sus misterios. No puedo intentar aquí, es claro, hacer una antología de textos admirables, pero sí creo muy oportuno hacer alguna referencia, siquiera, a una serie de temas, en que su corazón, su mente y su pluma lograron cimas inigualables. Encontrarse en la lectura de sus escritos con páginas admirables es cosa frecuente, casi continua; pero, den | ||