Por: María Jesús Pérez (Catedrática)

 

Viniste a Castilla de la tierra vasca,

secreta mensajera de un Dios enamorado,

Humanado y por siempre,

oculto en el Sagrario.

 

Allí te perdiste en el Misterio

fascinador; irresistible avanzas

y penetras hasta el fondo

de tu ser iluminado.

 

¿Qué descubriste del éxtasis supremo, eterno,

entre la Señora y las tres Personas?

En Ella se cernía potente, tierna

graciosamente humilde y soberana

la magnitud de Dios.

 

Dependencia inefable de Dios a su criatura.

Ella decía: "Dios". Ellos "María".

Maravilla de amor, necesitando

más amor del hombre miserable,

terror de las milicias inefables,

pasmo para tu alma enamorada

y por la Señora enaltecida.

 

Divino germen ardiendo por la gloria de María,

Medianera de todas las dichas

Por el hombre anheladas o perdidas,

Nunca soñadas, merecidas

Por el dolor inmenso de la Madre.

 

Vislumbras los misterios más bellos de la dulce Señora,

Te ahoga su dolor, perdida en el desierto

Del centro de su ser; cavar hondo, muy hondo,

Agonías intensas, horrores espantables.

Amén, sólo suplicas resignada, serena,

Y dejar a la Vida hacer tu vida.

 

Jubilas de gozo en soledad, en silencio

Tu encuentro te hacen una con Dios, le saboreas.

Cristo te enseña

A vencer siendo vencida,

A vivir cuando agonizas,

A reír mientras cargan las hieles del 

Desprecio y el desvío.

 

Llega al fin la llamada

Por ti tan anhelada,

Y vuelas al místico desierto,

En el Verbo absorbida, con el Padre

Perdida, traspasada de amor por el Espíritu,

Que impaciente te abraza.

 

¿Cómo vivir si tus funciones,

no acordes con el ímpetu divino,

no ofrecen resistencia?

Ese exceso de amor, no la dolencia

te quiebra el hálito

como al divino Mártir el Gólgota,

como Él exánime y como Él triunfante.