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Santa Beatriz de Silva Pionera de la Inmaculada
Un
desafío a la Teología Al salir del Palacio, Beatriz de Silva se puso decididamente a una empresa que tenía mucho de aventura: establecer en la iglesia una nueva institución de vida consagrada, y precisamente en honor del misterio de la Concepción Inmaculada de María. Además es la primera vez que una mujer se atreve a fundar una Orden femenina. Recordemos que hasta entonces las Ordenes femeninas surgen tan solo como ramas de las masculinas y bajo la dirección de los mismos fundadores varones. Pero Beatriz tiene conciencia de hallarse ante una iniciativa de orden sobrenatural y de haber sido fiel y sumisa a las gracias y a las inspiraciones que de una manera suave, pero irresistible, le conducían a la adhesión a los designios de Dios y a abismarse en el amor. Por la novedad
y audacia de tal proyecto y los riesgos que comportaba, no fue nada fácil.
Por esos días, sí, reinaba un ambiente cada vez más popular en torno a la
defensa del misterio mariano inmaculista. Las universidades, las
instituciones, las ciudades, los príncipes y personas particulares, hacían
voto especial de defender este misterio. Los pintores, trovadores y poetas
cantaban las glorias de la Inmaculada desde muchos siglos anteriores. Así “Lo que la Teología inmaculista defendía en las aulas y en los púlpitos, el Espíritu lo convirtió, a través de Beatriz, en proyecto de vida para la nueva familia religiosa, ‘en la que, por deber, no menos que por significación de hábito y Regla, fuese la Santísima Concepción de María, honrada, afirmada y ensalzada con continuas alabanzas’ De esta forma, no pocos siglos antes de la promulgación del dogma, y mientras hervían las discusiones teológicas, la Inmaculada Concepción se manifiesta como fuerza viva en la historia de la Salvación y en la vida de la Iglesia, suscitando una Orden contemplativa que se inspiraba en el níveo fulgor de la “Tota Pulchra” y recibía de ella energías para una más generosa consagración a Cristo, en el cotidiano esfuerzo por no apartar nada de la dulce soberanía de su amor”. Pablo VI – 1976
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