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Santa Beatriz de Silva Su Carisma
“Santa
Beatriz de Silva dio origen en Toledo a una nueva Familia Religiosa que
encuentra su raíz y su razón de ser en la Iglesia en la contemplación del
misterio de la Inmaculada Concepción de la Virgen María y en el empeño
por imitar y reproducir sus virtudes”. Estas
palabras del Cardenal Martínez Somalo contienen unas afirmaciones del más
alto valor para comprender el sentido del carisma inmaculista de Santa
Beatriz. El
carisma-espíritu se traduce en espiritualidad,
es decir, en un conjunto de rasgos, de actitudes, de elementos
doctrinales y experimentales, que constituyen el modo de ser o la índole
propia de un Instituto en la Iglesia. Podría decirse que una espiritualidad
es ‘una teología meditada y vivida hasta el punto de crear un estilo
de vida’. Supone, pues, la meditación asidua y dominante de algunos
temas doctrinales -verdades dogmáticas o simplemente teológicas- que se
convierten en goznes de toda la vida. Supone, además, un comportamiento o
un conjunto de rasgos y hasta de virtudes preferenciales, que se consideran
más característicos de la propia vocación y más eficaces para
realizarla. Es un modo de ser y un modo de actuar. "La
índole propia lleva, además, consigo un
estilo particular de santificación y de apostolado, que va creando una tradición típica, cuyos elementos objetivos
pueden ser fácilmente conocidos" (M R, 11). La espiritualidad de los Concepcionistas está toda ella centrada en el Misterio de la Concepción Inmaculada de María. María es el modelo supremo de seguimiento e imitación de Cristo. Ella es su más perfecta discípula. Es un modelo vivo y dinámico que impulsa y mueve desde dentro a identificarse con ella y a revivir sus disposiciones interiores, sus actitudes espirituales y su total consagración a la persona y a la obra de su Hijo por la salvación de los hombres. [1]
El
Concepcionista hoy El carisma concepcionista brota así de una elección divina a vivir de la esencia totalmente pura y santa de la Trinidad, y de la santidad del Verbo Encarnado absolutamente pura por la comunicación de la esencial santidad de la naturaleza divina. Es una llamada a reproducir la santidad y pureza suprema que el Verbo comunica a su Humanidad, creando el primer ser totalmente inmaculado. Y en último término, es la vocación a repetir imperfectamente la pureza de la Virgen María, absolutamente excluida -por la destinación a ser Madre de Dios- de toda contaminación con el pecado. El
carisma concepcionista es una llamada a alcanzar la
inocencia y pureza más perfecta, comunicada desde la esencia de
su propio ser Uno y Trino de Dios, de las Tres personas Divinas, santas en
la esencia uni-trina de Dios, y su prolongación en la Madre del Verbo
Encarnado y en la Iglesia -santa, e inmaculada, sin mancha ni arruga- y la
de los fieles destinados a formar el Reino santo e inmaculado de la gloria. El medio privilegiado para vivir ese carisma consiste en la imitación de la Virgen Inmaculada, mediante la contemplación de su Purísima Concepción, levantándose en su contemplación al espejo de la pureza inmaculada del Verbo Encarnado, y de la santa y divina Trinidad, fuente, raíz, causa y razón de toda limpieza y pureza sobrenatural. La Orden de la Concepción resulta de esta manera, una sal maravillosa en la masa corrompida del mundo actual, para que toda la impureza de la Humanidad se purifique, toda santidad y pureza llegue a los hombres, desde la Virgen singularmente pura y santa y de la Inmaculada Humanidad del Verbo, santo y absolutamente puro, en la esencia divina tres veces Santa.
Esta espiritualidad sigue presente en el mundo por su Orden y otras Congregaciones Religiosas y Comunidades laicales, que han recogido esta experiencia del Espíritu Santo, vivida por Santa Beatriz en cuanto Fundadora, y transmitida a todos sus seguidores. [1] Cf. PABLO VI: Discurso en la Clausura de la 111 Sesión del Concilio Vaticano II, proclamando a María Madre de la Iglesia, el 21 de noviembre de 1964: «En su vida terrena (Maria) realizó la perfecta figura del discípulo de Cristo, espejo de todas las virtudes, y encarnó las bienaventuranzas evangélicas proclamadas por Cristo. Por lo cual, toda la Iglesia, en su incomparable variedad de vida y de obras, encuentra en ella la más auténtica forma de la perfecta imitación de Cristo» (n. 29). Cfr. LG, 56; etc.
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